martes, abril 30, 2013

Una lectura de El Aleph

 
Casi todas las lecturas de El Aleph se detienen en dos evidencias. Una es la sátira letal que Borges hace de la mala literatura de la época, encarnada en Carlos Argentino, un personaje descrito con prolija sorna. La otra está representada por una metáfora del universo: ese “objeto secreto y conjetural” llamado “aleph”.

Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962) acepta esas aproximaciones, pero ensaya otra hipótesis, en procura del móvil primigenio del relato. Sostiene que la rivalidad entre Borges y Carlos Argentino no es literaria, sino amorosa. Lo primero es innegable. Sólo existe una pugna que Daneri se inventa para sus rounds de sombra. Lo segundo está en el ambiente desde aquella candente mañana de febrero…

El general de Chesterton en La memoria de la espada rota desata una batalla para esconder entre los miles de cadáveres el cuerpo de un soldado que había asesinado. Poe esconde “la carta robada” en un lugar cuya obviedad lo hace inadvertible. Martínez piensa que El Aleph es una versión de esos relatos.

Pero, ¿qué quería ocultar Borges?

La respuesta está, según el autor de Crímenes imperceptibles, en la célebre enumeración borgeana del universo. En ese vórtice de estancias hermosas, terribles y anodinas, se encuentra la venganza de Daneri. Su rival ve en el aleph una imagen aterradora: la única para la que Borges dedica tres adjetivos. Recordemos.

Acabábamos de ver un astrolabio persa cuando de pronto se nos apareció el interior de una gaveta. Fue un golpe rotundo, seco, tanto para el narrador como para los lectores. En el cajón estaban las cartas “obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino”. Borges tembló. También temblamos los lectores un segundo, pero seguimos nuestra marcha porque Gardel nos saludaba en la Chacarita y había que encenderle el cigarrillo. Borges estaba aturdido, pero alcanzó a tomar rápido desquite con asombrosa displicencia. “Formidable”, le dijo a Daneri en tono frío, y eludió por completo hacer otra consideración del aleph, como si lo tuviera a menos.

Infiere Martínez que allí termina el cuento y que todo lo demás son epílogos. Alberto Manguel le recordó que a Borges le atraían esas astucias. Para apoyarse le citó la página en la que el autor de El Aleph celebra a Dante, por ocultar a Beatriz en una enumeración de nombres femeninos.

Es un juego melancólico el de Dante, dijo Borges. ¿Lo es también el de Borges? se pregunta Martínez. Tal vez lo sea también el del propio Martínez, y hasta el mío, que es apenas una glosa del suyo, en este día del Aleph que festejo un rato en la trastienda, porque afuera lo que hay es jazz, y del bueno.

P.D: El ensayo de Guillermo Martínez está en La fórmula de la inmortalidad, Seix Barral, 2005. Martínez es también autor de un libro sobre Borges y la matemática. Su obra narrativa ha sido amplia y merecidamente reconocida. 

lunes, abril 15, 2013

El desprecio total frente al vencido






Jaime Gil de Biedma
Comienza la semana y leo a Jaime Gil de Biedma:

Alguien está presente
que duerme en las afueras.
...

Las afueras son grandes,
abrigadas, profundas
.

Vienen a mi memoria otros versos suyos:

Media España ocupaba España entera
con la vulgaridad, con el desprecio
total de que es capaz,  frente al vencido,
un intratable pueblo de cabreros
.
 

viernes, marzo 29, 2013

Hugo Beccacece y el mundo de Visconti


Piero Tosi, Visconti y Silvana Mangano

Varios libros nuevos sobre la mesa. Disfruto hojeándolos, después de darles cierto orden. Acá los ensayos. Allá los de poesía. Más allá los diarios, las cartas, las novelas. Este regodeo previo a la lectura forma parte imprescindible de la viciosa ceremonia que en este momento me entretiene.
 
Abro Pérfidas uñas de mujer,  un libro de Hugo Beccacece sobre cine, arte y estilos. Es una maravilla su ensayo sobre Visconti. Prodiga en él conocimientos y admiración. Con una prosa amable, gratísima, Hugo visita el mundo de Visconti para deleitarse en su tiempo recobrado. Cito este párrafo estupendo:

Sus películas están hechas de acentos, como la música de Beethoven y de Verdi. El lazo tendido entre los acentos, entre sus escenas ´privilegiadas´, constituye la guía de otro relato, de un guión abstracto o quizá mucho más íntimo porque está directamente relacionado con la memoria de la primera vez que sus ojos descubrieron ciertas formas y texturas. En el ocaso de la vida uno comprende que el deseo, ante todo, ha sido siempre memoria. Memoria del origen”.

A Hugo Beccacece lo conocí en casa de Ivonne Bordelois, hará unos siete años. Dirigía entonces las páginas literarias de La Nación. Compartimos una cena. Fue una noche estupenda. La imagen que de él conservo es la de un hombre atento a las formas, fino y culto.

Paso las páginas de su libro y leo que Piero Tosi está seguro de que Silvana Mangano es una ficción, y que la realidad corresponde a esa espléndida mujer que ahora se viste en una habitación del Hôtel des Bains, y se pone las joyas que el director escogió para realzar su porte de madre de Tadzio y de polaca noble. La escena proviene de una encantadora conversación que Beccacee tuvo en Roma con Piero Tosi, el vestuarista excelso de Visconti.

P.D: Ficha del libro: Beccacece, Hugo. Pérfidas uñas de mujer. 1era. edición. Buenos Aires. Edhasa. Noviembre de 2012. 344 p.

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Foto de Horst P. Horst: Visconti
HORST

Entusiasmado por la descripción que acabo de leer de un retrato de Visconti en Túnez (1936), busco en internet fotos de Horst. Encuentro maravillas: el autorretrato con Getrude Stein posando, que vale oro; la de Jackie, aquella célebre dama née Bouvier, que salió en Vogue en 1953; una fabulosa de Bette Davis, geométricamente inclinada y, por supuesto, la de Luchino Visconti, tal como acá la presenta Beccacece con delectación minuciosa:

1936. Hammamet. La fotografía muestra a un hombre que aún no ha llegado a los treinta años, de expresión severa y una presencia imponente al punto de que no necesita hacer ningún esfuerzo para producir respeto. Sus ojos no miran a la cámara. Más bien, parece ensimismado. No hay en el rostro tan viril como hermoso el menor asomo de una sonrisa. Esa expresión seria, intensa y perfectamente ajena a la cámara quizá le dé un aspecto un poco mayor. En realidad, se trata de un joven de veintiocho años. El pelo es negro como las cejas de diseño perfecto. Está apoyado en el vano de una puerta. Sostiene un vaso en la mano derecha, probablemente un cóctel o un jugo de frutas por la pajilla que la luz y el fondo blanco de una cortina vuelven invisible. El saco sport abotonado tiene un pañuelo blanco en el bolsillo del pecho. El cuello está envuelto en un foulard oscuro con un motivo de pequeños puntos blancos. El fotógrafo alemán Horst P. Horst fue quien tomó esa fotografía de Luchino Visconti, su huésped en la ciudad tunecina a orillas del Mediterráneo. En aquella primavera, los dos eran amantes y acababan de conocerse”.
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Muerte en Venecia. Gustav von Aschenbach y Tadzio

 GUARDARROPA

Sigo con Beccacece. El final de su ensayo sobre Piero Tosi nos depara una sorpresa proustiana. Beccacece está en uno de los almácenes de la célebre sastrería Tirelli: el de Formello. El sobrino de Trapetti le abre las cámaras y le sirve de guía en medio de una selva de trajes de todas las épocas, colores y texturas. Indumentarias vaticanas, percheros de la antigua Roma y guardarropas de Ingrid Bergman (con vestidos de Dior, Chanel y Balenciaga), le quitan el aliento al visitante. Pero no todo es lujo en ese opulento almacén de las imágenes. También hay ropa de la plebe, “religiosamente preservada”. Tentado por la curiosidad, Becaccece mueve un pesado ropaje de época, y descubre, atónito, que debajo está el inolvidable traje de baño de Tadzio, “pequeño y frágil, como el efebo de Muerte en Venecia”. Por arte de magia el autor vuelve a su juventud, al preciso momento en que se estrenó en Buenos Aires la hermosa película de Visconti y cierra su ensayo saboreando una magdalena después de remojarla en el té que esa tarde lo sorprendió en Formello.
(Anotaciones en del 27-12-12)


Hugo Beccacece

viernes, marzo 08, 2013

Chávez y las trampas de la fe



El inmenso afecto de una parte importante del pueblo venezolano por Chávez, se muestra hoy de manera clamorosa. Esa devoción por su líder, era, sin duda, previsible, pero el fervor que ahora presenciamos parece exceder todos los pronósticos. Nos asombra, en verdad. Creo, además, que en muchos se trata de un afecto sincero, entrañable. Por eso mismo, debemos mirarlo con respeto. También con inquietud y, dadas ciertas tendencias históricas, con temor. 

El deber de una dirigencia responsable sería no desvirtuar ese sentimiento genuino, convirtiéndolo en culto. Todos los cultos oficiales degradan la memoria de los hombres, vacían sus enseñanzas o su ejemplo (bueno o malo, según se mire) y sólo sirven de soporte interesado a los custodios, que no son otros que sus usufructuarios. 

De otra parte, también hay un odio sincero. Incapaces del temple y la prudencia que la hora del duelo les exige a los adversarios del fallecido, hay algunos exaltados, cuya furia les impide ver y ponderar las evidencias. Forzoso es decirlo: la mayoría ha sido solidaria con el dolor, y cívica en su actitud.
  
Los hombres excepcionales (Chávez lo era) merecen otro destino. No el del culto fanático. Por encima de todo, debería estar la libertad, en especial, la de ser diferentes y ejercer la disidencia. ¿No es la política una permanente y fecunda agonística?


¿Por qué obligar al Otro a ser como nosotros?


Que la libertad decida y que el país sea de todos. No sólo de los deudos.

lunes, febrero 25, 2013

Comunión y metáfora





Alcándara
Por la ruta de tres versos, el mexicano Antonio Deltoro entró a las Soledades. Son los mismos que fascinaron a Gimferrer, quien los citó para ilustrar su descubrimiento de la poesía como invención de otra realidad. Cuatro poetas del 27 (Guillén, Salinas, Alonso y Cernuda) apoyaron su fervor gongorino en esas tres líneas magistrales del cordobés que aparecen de vez en cuando en mis anotaciones, porque para mí es un deleite repetirlas, casi siempre sin excusa alguna.

Pervive en esos versos un misterio, aunque cada uno de sus signos parezca del todo descifrado. No hay en ellos efectismos sonoros, pero sí las imágenes y tonos convenientes para hacerlos del todo inolvidables. Dámaso Alonso observó la lentitud del segundo verso, en contraste con “el arrebato” del tercero. Ese mismo salto fue para Guillén la señal de una revelación…

El poeta Antonio Deltoro encontró en Lezama (era previsible), alusiones no tan veladas a la cetrería de las Soledades. También las ubicó en alguien “tan poco gongorino” como Eliseo Diego. Estoy seguro de que si seguimos sus pistas, podemos toparnos con nuevos ecos y reflejos de esa metáfora que remite a alcándaras y que a mí me lleva a la memoria de Federico II de Suabia, ducho en la caza con neblí, tratadista del tema en nobles infolios y mentado en su tiempo como “el estupor del mundo”.

Dejo a Deltoro el placer de decir las versos formidables. Están acá, en este párrafo suyo, en el que saludó a todos sus cofrades:

“El que repite estos versos no sólo hace que nazcan de nuevo, pertenece a una comunidad. ¿Cuántos ahora mismo en este planeta
estarán repitiendo: ´Aunque ociosos, no menos fatigados, / quejándose venían sobre el guante/ los raudos torbellinos de Noruega´. Entre ellos estás en este momento, también tú, amable, aunque ocioso lector".
 
Bienvenidos a la comunidad de esos versos.

P.D: El ensayo de Antonio Deltoro de donde tomé el párrafo citado, lo leí en el número 260 de la revista Vuelta (julio de 1998).

martes, febrero 12, 2013

Eugenio Trías y la dispersión

 
Comienza a sonar Beethoven. Su hora está llegando. Sobre la mesa, varios libros de Eugenio Trías. Afuera, poca brisa y luz bastante. Pienso en la renuncia del Papa y me parecen impecables su gesto y su latín. Creo que volveré pronto a las páginas de su bello y particular Jesús de Nazaret. Por lo pronto, pan tostado y café. Le subo a Beethoven el sonido y leo estas palabras del filósofo:

“Es el momento de mayor felicidad del día, lo descubrí este verano (…). En el tocadiscos, el Septimino de Beethoven. Lo escucho cada día, por la mañana. Me da ganas de vivir. Parece muy frívolo y no lo es nada. Es un Beethoven joven, recuerda mucho a Haydn o a Mozart, pero es un Beethoven plenamente, y está lleno de vida, por eso le he dedicado La dispersión. Es la exaltación biológica, el despertar, el enfrentamiento con la realidad. Es muy adecuado para esta hora del día en que tengo la misma sensación que Rimbaud describe en las Iluminaciones. Estreno el mundo, tengo la vida por delante”.

Me acaba de llamar la señora Egilda para mostrarme una iguana en el balcón. Es de las grandes. Anda por aquí buscando agua. Nos oye hablar y se retira. Las hojas brillan tranquilas y observo que durante los tres días que estuvimos fuera, la enredadera aprovechó para crecer. Comienza a soplar un viento leve que me recuerda un verso de Vitier: “la brisita nupcial de la metáfora”. Vuelvo a la sala y encuentro que ya Beethoven se ha posesionado. Busco La dispersión y leo:

La poesía no es ´enseñable´. El poema sólo podemos aprenderlo de memoria y repetirlo… cantando!

No debe sorprendernos que no haya cátedras de poesía…

¿Y si en la Universidad en lugar de ´enseñar´ se cantara?”


“Memoria y deseo”, me digo en silencio.

Sé que en este instante no hay nadie más que Beethoven. 

Emmanuel Levinas y la mirada del poeta

Emmanuel Levinas
 
Pisando la dudosa luz del día, unas lúcidas y hermosas páginas de Levinas sobre Blanchot.

Vislumbres de una errancia, señales de un lugar no escrito pero que está a punto de escribirse. Se anuncia un resplandor en lo
s fragmentos. Leo y subrayo:

“…la literatura supone para Blanchot la mirada del poeta, una experiencia original en los sentidos de este adjetivo: experiencia fundamental y experiencia del origen”.// La literatura nos arroja así a una orilla donde ningún pensamiento puede arribar; desemboca en lo impensable… Eso impensable a que lleva –sin llevar- el poema es lo que Blanchot llama ser”.

El filósofo dialoga con la mirada de Orfeo y escucha su silencio.

El filósofo recorre los textos y descubre sus abismos.

jueves, noviembre 22, 2012

La Biblioteca

Estudio de Warburg en Hamburgo
 
La Biblioteca de Aby Warburg (que otros llaman el Universo) no se regía por códigos convencionales. Sus normas, si fuese dable llamarlas así, integraban un sistema abierto de asociaciones, del que no escapaba el infalible azar concurrente.

Una de las fascinantes leyes formuladas por Warburg fue la de "la buena vecindad". Cuando alguien encontraba el libro que le habían recomendado o que formaba parte de una bibliografía conocida, debía preferir el volumen de al lado, aunque su título no tuviera relación alguna con el tema. De acuerdo con la ley de Warburg, era ese -y no el otro- el libro indispensable.

Según el testimonio de su amigo y discípulo Fritz Saxl, quería Warburg que el orden de los libros reflejase sus ideas sobre la historia de la humanidad. De lo dicho por Saxl puede inferirse que, más que en la obra escrita, el pensamiento de Warburg estaba en su Biblioteca.

Se sabe que Hamburgo no tuvo universidad antes de contar con la Biblioteca de Aby Warburg. Esta, sin duda, fue algo más que una universidad. Como ya dijimos, fue un Universo.

domingo, noviembre 11, 2012

Ventana

Picasso
 
Domingo de nubes. Según designio del cielo, separadas.
Me imagino que una lucerna las trajo hasta mi cuarto, donde leo páginas del diario de Seferis.
La mañana y sus serenas letras. 
 
Afuera, y muy lejos, el monocorde litigio de los enconados.
Acá, Seferis busca la palabra, no para nombrar las cosas, sino para crearlas de nuevo. 

Se asoma a la inminencia y ve “el vuelo azul de los alciones”.
Agradezco con él este sosiego
.

jueves, octubre 04, 2012

Tontillos

GOYA. Maria Luisa de Parma
Me acordé de pronto de la palabra “guardainfante” y se me vino a la mente una imagen de Velázquez. Después fue un lento y espeso desfile de aparatosos miriñaques en las pasarelas de otros siglos. Vi, por cierto, un tontillo de María Luisa de Borbón-Parma, registrado con destreza y pulcritud por el genio inverosímil de Fuendetodos. Mientras la española cumplía con la indumentaria de las cortes, su tocaya de Saboya, en rebeldía, mostraba sus calzados sin pudor. En el cuadro de Goya, el detalle de la punta de los zapatos vale oro. Y no pensemos mal. El valido de Badajoz no estaba por ahí escondido… 

lunes, septiembre 24, 2012

Padilla de Golpe



Hoy se cumplen 12 años de la muerte de Heberto Padilla. Hace dos en la UNEY le dedicamos al llamado “caso Padilla” algunas sesiones de nuestro programa de formación docente llamado El Valor de Educar. La idea fue intentar la lectura de ese triste episodio a través de la obra poética de Padilla, en particular, de Infancia de William Blake, uno de los mejores poemas salidos de su pluma, en el que se anuncia al inspector de herejías que en su contra testificará tiempo después. Aires premonitorios cruzaron también el ambiente de nuestra pequeña universidad… Pero no vamos hoy a hablar de esa lastimosa travesía, sino a recordar nuevamente a Heberto Padilla y su lugar de origen.  

Para apoyar mi intervención en las referidas sesiones, mostré varías imágenes. En una de ellas se veía la estación ferroviaria del pueblo pinareño del poeta. Al finalizar la charla, uno de los profesores, un hombre sencillo, callado y excelente fisioterapeuta, se me acercó para decirme, casi con lágrimas en los ojos, que él también había nacido en Puerta de Golpe, y que enterado ahora de Padilla, se sentía más orgulloso de su pueblo. De esa estación salió y a ella llegó muchas veces. Ella era la Puerta para entrar a Golpe o para salir de él.  

Heberto Padilla en su bello libro El justo tiempo humano, incluyó un breve poema que hoy leo pensando en su memoria, y cuya transcripción acá dedico a mi amigo Orestes: 

PUERTA DE GOLPE

 Me contaba mi madre

que aquel pueblo corría como un niño

hasta perderse;

que era como un incienso

aquel aire de huir

y estremecer los huesos hasta el llanto;

aue ella lo fue dejando,

perdido entre los trenes y los álamos,

clavado siempre

entre la luz y el viento.
HEBERTO PADILLA
(El justo tiempo humano)

sábado, septiembre 01, 2012

El sillón del Padre Barnola

El padre Barnola

En un formidable libro sobre los jesuitas en Venezuela, que hará unos cinco meses me prestó el Dr. Emilio Urbina, encontré una hoja manuscrita y anónima cuyo contenido transcribo a continuación, por ser un pequeño homenaje a un venezolano que muchos no conocieron y otros tantos ya han olvidado. Por cierto, en el breve texto que ahora copio, conté siete modos de nombrar al Diablo, incluido el apellido renacentista que cierra la página. Acá las líneas del autor desconocido:

“Cuando le notificaron su nombramiento como miembro de número de la Academia Venezolana de la Lengua, el Padre Barnola celebró doblemente. Lo hizo, desde luego, por la honrosa distinción que recibía, pero también porque iba a ocupar el sillón marcado con la letra “B”, lo que el culto jesuita interpretó como buen augurio, dada la coincidencia con la inicial de su apellido. Pero esa alegría le duró poco. Se disipó cuando tuvo conocimiento de la sombría leyenda que rodeaba desde el siglo pasado al sillón que le tocaba ocupar: el “B” estaba terriblemente endiablado.

Todos los antecesores del padre Barnola, salvo el primero, también fueron levitas. Sobre ellos pesó la responsabilidad de mantener a raya a Belcebú dentro de los predios académicos y de evitar que del temido sillón “B” manara azufre. Dije “salvo el primero”, porque, precisamente, fue su ocupante original quien generó la siniestra conseja. Hablo de Antonio Leocadio Guzmán, a quien Juan Vicente González –no sé si con razón- siempre tuvo por auténtica encarnación del Bajísimo.
La continua sucesión de prelados en la gran silla corporativa del Maligno, fue tal vez la inconfesada triaca que los académicos tramaron para mantener en el ilustrado recinto un efectivo “vade retro”, pero algún rescoldo del Demonio seguía temiéndose…

Lo cierto es que hace 60 años accedió el reverendo Padre Barnola al “asiento de Luzbel” y comenzó su discurso de incorporación haciendo a su manera un exorcismo: habló de la superstición, nombró la soga desde el sillón del ahorcado y lo hizo sin estridencia y con humor. Después se refirió, como es ritual, a su antecesor inmediato y dedicó la parte medular de su discurso al “bellismo” de don Marcelino Menéndez y Pelayo.
Durante 34 años ejerció Barnola su función académica, sin que Mefistófeles rondara por sus predios. El padre murió en 1986 y lo sucedió un escritor seglar: Mario Torreralba Lossi. Que yo sepa, el sillón “B” quedó por completo exorcizado.

Alguien escribió:
“Bastó el padre Barnola./ Nunca más Savonarola”.

martes, julio 17, 2012

Trenzagramas

 EIELSON. Nudo
 DOROTHEA LANGE. Foto

Leo a Eielson y veo sus bellos nudos. Siempre hay mucho más que un atareado nudo.

Recuerdo una foto de Dorothea y la busco. Ahí están los dos.

Como las palabras, custodian el alma con sus trenzas.

domingo, julio 15, 2012

El otro, el mismo (Carner y el orgullo catalán)



IRVING PENN

En un texto de los años veinte Carner se adelanta al Borges de Borges y yo y habla del “otro Carner", con ironía y desenfado. Condena su oficio, pero confiesa que no le es del todo extraño. Le achaca distracciones pueriles y afanes de lucimiento. Se deslinda de sus búsquedas retóricas, pero termina reconociéndose en él, al igual que Borges con “el otro Borges”, aunque sin confusión alguna. El (o Carner) sí supo quién escribió esa página.

Carner intentó convencerlo de que se dedicara al billar, pero "él" nada le respondió. Sólo fumaba. Así queda dicho en este prodigioso final:

“…Fuma y le veo cierta vaguedad en los ojos que presagia inexorablemente que quizá hoy se descolgará con una nueva cantilena. Y entonces no sé lo que le haría. Aunque de natural pacífico, capaz sería de golpearle, si no fuera porque una de sus particularidades me induce a cierta simpatía. Y es que él –que soy yo mismo-, en el fondo de toda su inconsistencia, tiene, como un diamante dentro de un saco de cosas para el trapero, una gema dura y bella, que es el orgullo de escribir en catalán”.




(Prefacio a LA INUTIL OFRENA, Barcelona, 1924)

Alegría matinal

Josep Carner

Escribo esta primera anotación del día, pero sé que no estoy en esta sala, ni en este domingo de nubes con sol. Vastas son las regiones de la memoria. Así que debo andar por tierras provenzales en el siglo XII.

 

En unos versos leídos hace tiempo, vi el vuelo de un pájaro. Hoy he vuelto a verlo. Los versos eran de Carner.

En ellos, la propia alondra me ha dicho que los poetas la llaman “alegría matinal”.
________
Escuchemos a Bernart de Ventadorn:

sábado, julio 14, 2012

Cocoteros de Carner y Reverón

REVERON. Paisaje con cocoteros


No sé cuándo estuvo Josep Carner en nuestro Macuto. Más aún: no tengo el dato exacto de que haya estado allí. Lo cierto es que escribió un poema irradiante titulado Els cocoters de Macuto, incluido en ese hermoso libro suyo vegetal (Arbres) que prologó Manent. En Cuba también hay un lugar con ese nombre, y es conocido el periplo que como diplomático y desterrado tuvo Carner en América Latina (Costa Rica primero y México después). El poema no indica con exactitud el sitio, pero sí –y mucho- que está frente al mar. Así, uno puede imaginar que fue el más célebre Macuto del Caribe (el nuestro) el lugar donde vio Carner esos cocoteros cuyas hojas serían los regios abanicos que alegraron sus futuros días bajo la niebla.  

Dijo Manent que Carner tenía a veces la matizada precisión de un Vermeer para describir escenas domésticas. Al recordar los cocoteros de Macuto, creo que algún destello de Reverón acompañó a Carner:

“…ben ruixats per la claror”.


ELS COCOTERS DE MACUTO

Vaig veure un dia a Macuto

per un present de l'atzar,

quatre cocoters en rengle

aturats davant la mar.

Eren sols davant les ones,

ben ruixats per la claror,

com columnes oblidades

o fermalls de l'horitzó.


S'expandien en llur èxtasi

com si no els veiés ningú;

espaiats, al cel somreien,

tots germans, sol cadascú.


Ran de terra, ja es torçaven,

dolçament al sol girats.

Els ventalls de trenta reines

sostenien delicats.


Però, patges, fora via,

ells van créixer amb tant deler,

que sols dees sobre un núvol

els ventalls podran haver.


Eren quatre, i en renglera

contra el blau, prodigis d'or.

Quan seré sota la boira

m'assolellaran el cor.
 
JOSEP CARNER






























lunes, julio 09, 2012

Las facturas de Martín

Nan Goldin almorzó en El Rosal

La mirada subvierte y rediseña. A veces, es sólo el azar concurrente. Otras, la imaginación cuando trasmuta (y transmite).
Son diversas cosas las cosas cuando esa mirada interviene. 
Con sistemática ironía, la conversión conceptual de los objetos se devora a sí misma.
El efecto Duchamp dura un instante, aunque ese instante sea eterno. No hay segundas ediciones. No se corrige ni se amplía. Sólo perdura el aleteo de los exégetas.
Muchísimas son las variantes, utilitarias o no, del papel escrito. La factura que un restaurante le expide al cliente, por ejemplo, puede tener un importante destino contable o servirle a un economista para ilustrar el tema de los precios en tiempos de inflación. Pero, quién quita que también le sirva a un fotógrafo para homenajear a sus creadores predilectos. Podría estar, de paso, deslizando una amable referencia a aquellos seres –muy frecuentes en el mundo del arte- que para afamar su carrera aprovechan cualquier encuentro con celebridades.
En estas cosas pensé cuando vi el interesante trabajo de Martín Castillo Morales en LA CACRI¬-Caracas. Me consta que Martín no es, precisamente, un namedropper (menos aún Olivia, que se negó a ser fotografiada al lado de María Kodama), pero, como a mí, creo que le divierte el legendario autobombo –casi siempre con base cierta- de algunos simpáticos artistas de esta tierra…
Celebro más, sí, la base cierta de la admiración, así como la mirada que sabe transmutar lo cotidiano.
Por eso mi elogio a estas facturas de Martín, que son, como diría Octavio Paz, un gesto. Nunca una gesticulación.

viernes, junio 22, 2012

Virgilio

CY TWOMBLY, de la serie VIRGIL

¿Me despertó la luz de la cocina? ¿O fue la lluvia que cayó esta madrugada? Sentí la dicha del agua compasiva y respiré el aire limpio. Abrí ventanas. Leí unas páginas con sol y con arena y en ellas aparecía Virgilio.

Hará unas dos semanas había buscado inútilmente este bello libro de Sánchez Robayna (Palmas sobre la losa fría) que ahora tengo en mis manos. Me alegran estos encuentros imprevistos.

Ya no llueve. Tampoco estoy frente al Turbio. No sólo el tiempo se transfigura.

Estoy frente a un muro donde Twombly escribió el esplendor,

una palabra que no se borra: Virgilio.

martes, junio 12, 2012

Día luminoso en Boston

Robert Lowell. Foto de Alfred Eisenstaedt

Abro a Robert Lowell porque lo tenía entre el montón de volúmenes que anoche puse sobre la mesa. Ahora no sé por qué bajé ese libro de Lowell. Tal vez porque buscaba el poema acerca de los Arnolfini. No estoy seguro.
 
Abro el volumen y me encuentro con un día luminoso:
 
Me alegra pasear sin rumbo fijo

por Boston mientras pienso en Henry Adams,

de joven, con el blanco brazalete de seda,

que, casi sin notarse, exhibió un día entero

por la liberación de los esclavos”.

Me gusta esa imagen del flâneur bostoniano que deja al azar la ruta de su ocio, el discreto paseo de la elegancia civil.




lunes, junio 11, 2012

Ferrater y pizza Dobry


1. Leo dos libros del argentino Edgardo Dobry. Alterno uno de ensayos (Orfeo en el quiosco de diarios) con otro de poemas (Pizza Margarita).

Dobry vive o ha vivido en Barcelona. Hace pocos días publicó en El País una muy buena nota sobre Lorenzo García Vega, con motivo del fallecimiento del escritor cubano. Me interesa del primer libro su inteligente acercamiento a la poesía de Gabriel Ferrater, su atenta y aguda lectura al lúcido y metapoético Poema inacabado, el rastreo del viaje medieval de Ferrater, el afilado contraste entre la teoría poética ferrateriana de la claridad y la inevitable complejidad de muchos de sus poemas.

Cabreado con los realistas sociales, pero también con cierto surrealismo español, Ferrater se va a la Edad Media con su amigo Jaime Gil y se trae formas frescas para narrarnos las experiencias de su presente hostil y “fablar en roman paladino”, con la ironía y gracia que los años de postguerra habían proscrito. Dobry nos llama la atención acerca del poema donde Ferrater se refiere a Borges y a Robert Lowell como “aristócratas” y “patricios” y se ve a sí mismo como un “plebeyo” hundido en un pozo de miedo que sólo dice “generalidades”. Para Dobry la adhesión de Ferrater a la poesía medieval era un modo decirnos “esto es vivir como en la Edad Media”. Puede ser, pero cabe también otra posibilidad para explicar esa devoción de Ferrater: la necesidad de encontrar en la edad Media ejemplos literarios menos “literarios” y lugares comunes de la vida, sin tantos rodeos intelectuales.

Total, Dobry me llevó al Poema inacabado de Gabriel Ferrater para leer de nuevo que Helena se fue con su falda de tergal y su jersey verde a rendir examen sobre Erec y Enid, el primer “roman courtois” de las letras francesas.

2. Paso al libro de poemas. Seré breve. Un 11 de junio se sirvió la primera pizza margarita. No sé si hoy (11 de junio también) me coma una. Lo cierto es que celebro tal fasto culinario, leyendo el poema donde Edgardo Dobry nos recuerda su eponimia:

Pizza Margarita

Ce qui est ferme est par le temps destruit,
et ce qui fuit, au temps fait resistance
Joachim du Bellay

El once de junio de mil ochocientos ochenta y ocho
Margarita de Saboya, primera reina de la Italia unificada,
llegó a Nápoles en visita solemne. Rafaele Espósito,
cocinero del palacio real de Capodimonte,
creó en su homenaje una pizza
con los colores de la flamante bandera:
blanco (la muzzarela), rojo (los tomates)
y verde (la albahaca). Hoy nadie
al Espósito maestro, pero miles
de pizzas Margarita se devoran cada día.
Dichosa reina de una nación
recién unida en Estado:
no inmortalizada en duro bronce
sino en crujiente engrudo.
Tu recuerdo no es cosa de eruditos:
millones de hambrientos te invocan cada día.
Y mientras se arruinan los palacios
y nadie molesta el sueño de los versos
vive tu nombre en la perpetua deglución.

EDGARDO DOBRY