miércoles, julio 27, 2011

Buenos días

Escribo este post como intento de retorno a la vieja costumbre de hacer en él anotaciones anodinas.

Ligero de equipaje, apenas con una taza de café, les doy los buenos días.

lunes, julio 25, 2011

La cocina tradicional


1. Entiendo acá por “tradición” las diversas expresiones culturales que recibimos del pasado. Muchas de ellas están en nosotros sin que nos hayamos percatado del todo. Somos, en rigor, un conjunto de tradiciones que incluye hábitos, ideas, técnicas, lugares y recuerdos.  Algunas, de tanto sabidas, las hemos olvidado. Por eso, de vez en  cuando las redescubrimos o creemos estar inventándolas. Son los riesgos habituales de la desmemoria.

Hablo de una tradición viva, no de un ámbito de piezas arqueológicas o museísticas,  montado exclusivamente para la contemplación y el orgullo de la Patria. Hablo, además, de unos saberes aptos para ser enriquecidos o mejorados. Incluyo, asimismo, todo cuanto nos duele de ese pasado, como sus frustraciones y miserias. Una herencia cultural no la podemos recibir a beneficio de inventario. Se la recibe toda o siempre quedará algo pendiente por resolver, con las onerosas consecuencias de los intereses acumulados. Por eso, Mariano Picón Salas, nuestro lúcido ensayista, hablaba de “soportar la Historia con sus ejemplos estimulantes y su adversidad aleccionadoras”.

Si le somos fieles al sentido etimológico del vocablo “tradición”, no tenemos  por qué andar explicando esto. “Tradir” es transmitir y todo acto de transmisión de cultura demanda un destinatario capaz de recibirla, mantenerla, reformarla e incrementarla. Así, la expresión “cocina tradicional”, que da título a estas notas, comprende no solamente la que se hizo antes, sino también la que seguimos haciendo después de recibir múltiples influencias en el decurso del tiempo.  Algunas modas maltratan ese acervo  o lo ocluyen, simplemente, lo que termina siendo tan lesivo como lo primero. Cuando esto ocurre, no se trata nada más de estar dispuesto a aceptar un legado, sino de ir a buscarlo donde éste se encuentre,  y de defenderlo, con pasión y sensatez.

2. El dilema de “cocina tradicional o invención culinaria” es un falso dilema. Los enunciados de esa supuesta dicotomía no contienen conceptos que se excluyan entre sí. Forman parte de un proceso vivo que armoniza lo viejo con lo nuevo. Decía Jean François Revel que “el arte del cocinero consiste en saber qué es lo que se puede rescatar de las viejas tradiciones sin traicionarlas”. Claro, es un arte y no todos los cocineros lo alcanzan. Una cosa es la mezcla sin cohesión o las fantasías delirantes de ciertas fusiones, y otra la combinación imaginativa y amable de los buenos cocineros, tanto los de la mesa pública como los de la doméstica. Estos saben cruzar la gramática de la tradición culinaria con la de una sabia experimentación. No podemos afirmar lo  mismo de ciertas prácticas a las que algunos son dados, con más afán de teatro etnográfico que de gastronomía y haciendo siempre abstracción de los contextos. La cocina de las etnias que ocupan las tierras amazónicas ha sido, por cierto, una de las más socorridas por este interés circense.  

3. La cocina tradicional es también un efectivo instrumento para acompañar políticas de soberanía en materia alimentaria. Frente a la cocina basura, globalizada a más no poder, puede apelarse a nuestras cocinas caseras, familiares y campesinas. Apelar a ellas en modo alguno debe comportar el cerrarse a cambios o el vedarnos la interculturalidad gastronómica, siempre vigente, efectiva y beneficiosa y cuya impronta favorable la hemos sentido los venezolanos desde hace muchas décadas. Un pueblo que conozca y estime su tradición culinaria tiene ganada buena parte de su batalla por la soberanía. Basta recordar los viejos olores y sabores para que se active en nosotros la identidad de un paisaje que nos pertenece y al que pertenecemos.

sábado, julio 23, 2011

Londres, el laberinto roto de Borges


16-04-03: Era una tarde de invierno y ella comenzaba a aparecerse. Desde el suburbio que nos sirvió de acceso, la ciudad presentaba sus señas. No era el esplendor imperial ponderado en los libros, pero si el aura que muchos le atribuyen. La neblina había desaparecido (o la habíamos dejado atrás) y la sobriedad de la luz sobre los pocos colores se repetía en cada tramo con algún encanto. Yo buscaba, sin éxito, el nombre de las calles. Mi memoria no cesaba de encontrar imágenes que mis ojos corregían de inmediato. Como se sabe, la leve frontera de la realidad y la ficción se cruza siempre en un abrir y cerrar de ojos. Y así, fuimos entrando. Cuchi empezó a reconocer viejos parajes, mientras Martín disfrutaba del encuentro, callado, risueño. Cuando pasábamos por Chessington divisé ¡por fin! el nombre de una calle: “Disraeli”. La mirada voraz siguió indagando y quiso abarcarlo todo (casas, esquinas, árboles), pero sin olvidar el admirable nombre con que se había topado. Me dije entonces: buen augurio, si una tarde de invierno un viajero... No distinguí más nombres. Alguna ráfaga de páginas conocidas me habitó por unos segundos. Seguíamos avanzando por lo que yo creía todavía las afueras. Y de pronto lo vi. Vi con asombro un laberinto roto: era Londres.

sábado, junio 18, 2011

Borges, autor de Borges

Una de las genialidades póstumas de Borges, para mayor gloria de su talento, es una clamorosa "creación" literaria: un poema suyo que no es suyo.

Copiado, reproducido, enmarcado, leído, recitado, exhibido, imitado, clonado y repetido por innumerables personas y mediante diversos medios de difusión, el poema titulado Instantes (jamás escrito por él), forma parte de una estupenda broma "borgeana", digna de figurar en cualquiera de sus páginas. Es más, pienso que se trata (no el poema, sino el contexto de su recepción) de una versión inédita de Pierre Menard, autor del Quijote

Desde el día en que Yeo Cruz me mostró en la capilla del Museo de Barquisimeto la página de una revista literaria que se ufanaba de haber publicado el “último” poema del inevitable argentino, percibí un evidente aire de impostura alrededor del ahora célebre texto. En efecto, el poema Instantes que leí en esa ocasión (y que luego vería en muchísimos sitios) no podía ser de Borges. Algunos años de lectura y de visitas cotidianas a las obras del querido escritor me permitían no sólo dudar de la supuesta paternidad, sino afirmar rotundamente que Instantes no había sido escrito por Borges.

Lo repito ahora, pero no sobre la base de un análisis retórico como entonces, sino apoyado en la certeza que ofrece la documentación acumulada por algunos detectives literarios. Me refiero a uno de ellos en particular: Iván Almeida. Este estudioso, integrante del Centro de Estudios Borgeanos de Dinamarca, dio hace algún tiempo con publicaciones norteamericanas donde el texto titulado Instantes figura como creación de otras personas. Y es aquí donde el asunto se vuelve “borgeano”. No se trata de un poema escrito por dos personas, sino de un texto sobre el cual dos escritores distintos se han atribuido la autoría en diversas épocas. Así, en los años cincuenta un señor llamado Dan Herold publicó ese mismo texto en la revista Selecciones de Reader Digest,  mientras que Nadine Stair lo hizo en los años setenta en un periódico de Kentucky. ¿Cuál de los dos es el verdadero autor? No saberlo todavía -y que ellos hayan aparecido en estas pesquisas- es lo verdaderamente digno de Borges, quien parece mover las piezas de todo este embrollo, como el Dios que detrás de Dios maneja de modo invisible a los pacientes jugadores de ajedrez.

Un verdadero lector de Borges sabe, sin apoyo testimonial o documental alguno, que Instantes no pudo haber sido escrito por Borges, ni en broma. Ya sabemos que las diversiones del argentino tenían la calidad sangrante de sus pseudónimos Gervasio Montenegro o Bustos Domeq, o incluso, de sus apócrifos particulares (Julio Platero Haedo, entre otros). Lo que sí podríamos atribuirle al porteño universal es el talento (y talante) para haber urdido una invención como la que nos ocupa, abstracción hecha de su valor escritural. Basta volver a las páginas insuperables de Pierre Menard, autor del Quijote, para confirmarlo.

Borges: autor de Borges, autor de Instantes.



martes, junio 14, 2011

El día que Borges murió


Me enteré de la muerte de Borges en una habitación del hotel Kristoff de Maracaibo, mientras intentaba escribir un poema a partir de un cuadro de Edward Hopper. Mis pequeños hijos Martín y Luisana jugaban con el tío Israel. Yo estaba de espaldas a un televisor que en ese momento transmitía noticias. Y de pronto la vi. Vi la pantalla del televisor reflejada en el espejo que tenía enfrente. Mostraban una foto de Borges. No tuve necesidad de oír. Al volverme para seguir la noticia, ya lo sabía: Borges había muerto. Eran, aproximadamente, las cuatro de la tarde. Llamé enseguida a mi casa de Barquisimeto para hablar con Cuchi. Un amigo, devoto de Borges, ya había intentado comunicarse conmigo, sólo para preguntarme: ¿Qué hacemos ahora?
No paré de hablar de Borges esa tarde y esa noche, con mis hijos y mi cuñado. Al día siguiente compré todos los periódicos que pude. Leí las declaraciones de María Kodama y las de un escritor argentino que se encontraba con Borges en Ginebra: Héctor Bianciotti. No me cansaba de repetir frases de uno de los espléndidos poemas en el que Borges habla de la muerte de su amigo Abramowicz. Recuerdo haberle dicho de memoria a Israel, en la barra del Stu Ricardo varios párrafos completos de El Aleph y de Las ruinas circulares. Pasados los años reparé en el borgeano detalle del espejo. Como saben los lectores, los espejos siempre "tienen algo monstruoso".

lunes, enero 10, 2011

Messi


¨Yo ero Messi. Tú ero Maradona"
(Olivia Castillo Rodríguez, el día que cumplió 3 años)

Admiro esta humildad:

Lionel Messi, que podría dárselas de Lionel Messi, no se las da ni siquiera de Maradona o Pelé.
Hace unos minutos acaban de anunciar que, contra todo pronóstico, ganó el Balón de Oro, por segunda vez consecutiva. ¡Chapeau!

lunes, diciembre 20, 2010

Las hallacas de 1957

Marcos Pérez Jiménez

Ese año en la casa de la 17 el niño Jesús llegó de otro modo. El 25 de diciembre mi hermana Elsy se levantó muy temprano, abrió el escaparate del cuarto de mis padres y sacó los paquetes que allí estaban escondidos. Después de hecho el correspondiente reparto, el disfrute de los juguetes apagó cualquier estupor causado por la inusitada revelación del misterio. Resulta que el 24 mis padres se habían ido a la clínica Acosta Ortiz porque estaba naciendo mi hermano José Manuel y se olvidaron de encargar a alguien del acto furtivo de colocar en nuestras camas, mientras dormíamos, los regalos del niño Dios. Pero bueno, Elsy lo sabía todo (quién sabe desde cuándo) y para mí ya era tiempo de enterarme. Lo cierto es que ese diciembre fue inolvidable por esos motivos. Yo había pasado los siete años y nueve meses de mi vida con una sola hermana y ahora, mientras el niño Jesús se iba para siempre, un hermanito se incorporaba a la familia.

La elaboración de los platos navideños fue también un acontecimiento especial. Mi abuela Ana, dada la avanzada gravidez de mi mamá, se trasladó desde La Concordia para ayudarla en sus menesteres culinarios. La recuerdo el 23 haciendo hallacas y chicha, amenizando la jornada doméstica con divertidas anécdotas tocuyanas y con el tintineo inagotable de su risa. De vez en cuando vienen a mí mente las imágenes de ese día y se quedan un rato acompañándome. No preciso colores, pero sí sabores. Así, las hallacas de mi abuela, en cuyo guiso la única carne que participaba era la del cochino, están de nuevo acá, en mi memoria. Y espléndidas, recreadas por Cuchi, también están en mi mesa del año 2010. La fortuna quiso que mi tío Oscar le confiara a Cuchi hace más de treinta años los secretos que Doña Ana tenía para componer el sagrado plato navideño.

Pero volvamos al 57. En las casas vecinas, la vigilia no se limitaba a las fiestas. Cierta inquietud, transmitida a la chita callando, gravitaba en el ambiente. Hasta en las conversaciones de algunos niños, surgía el tema. Mi amigo Amparo Segundo me preguntó una mañana si yo quería que Pérez Jiménez se fuera. Ante mi respuesta afirmativa, él optó por recomendarme la aplicación del viejo refrán: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Con seguridad, los dos hablamos por boca de ganso, expresando lo que habíamos oído en nuestros respectivos hogares, pero, sin duda, el hecho de que un niño de 7 y otro de 9 dedicaran unos minutos a hacer comentarios semejantes, era un elocuente indicador de que en Venezuela se estaba cocinando algo más que hallacas, aunque fuese en las trastiendas. El abusivo plebiscito que el dictador realizó para perpetuarse y burlar de ese modo una norma de su propia constitución, fue la gota que rebasó el vaso. El remedio le resultó peor que la enfermedad. No siempre la radicalización beneficia al radical. Muchas veces lo enceguece. El decreto convocando al plebiscito fue la sentencia de muerte del régimen. Laureano Vallenilla, en su libro Escrito de memoria, relata con indisimulado cinismo, los pormenores de esa decisión torpe y fatal, redactada por él y por Rafael Pinzón, en cuya casa de Los Palos Grandes, por cierto, seguramente se comieron las mejores hallacas tachirenses en la Caracas de 1957.

P.S: Deseo a todos los lectores de este espacio una feliz navidad y una vez más mi gratitud por su adhesión.

jueves, diciembre 16, 2010

Una nueva graduación en la UNEY


Escribo estas líneas antes del amanecer. Puedo percibir que el cielo está despejado y que muy pronto se iluminará el jardín. Buena señal. Mi aspiración es escribir un texto breve capaz de transmitir alguna emoción. Pienso que la brevedad es, precisamente, la mejor aliada para ese propósito. Puede, incluso, llegar a ser componente medular del discurso, no sólo porque evita el riesgo de las reiteraciones, sino también porque en sí misma representa un contenido o un mensaje más crítico y severo que cualquier juicio explícito, máxime si consideramos que entre nosotros se ha impuesto en algunos escenarios la tendencia contraria. Las peroratas largas y fastidiosas constituyen una falta ostensible de urbanidad y si sólo son dichas para obtener obediencia o mecánicos aplausos, además de antiestéticas, pueden resultar un insufrible castigo, si no se nos ha atrofiado el sentido del gusto intelectual. Así que aprovecharé la placidez de estos momentos para intentar la agrupación de unas pocas ideas compatibles con la naturaleza académica de este acto.

Esta sexta promoción de egresados de la UNEY nos encuentra en un momento clave para el destino de la universidad venezolana. Podría referirme al tema desde una perspectiva general y apuntar la gravedad del hecho de que ciertos nudos de la legislación vigente o algunos aspectos de la misma que podrían ser fuente para inmensas desviaciones, aún no han sido vistos y analizados con la debida sensatez. Me temo que tirios y troyanos mantienen una perspectiva anacrónica acerca de la idea de universidad. Unos la ven como un calco institucional de la república y que por lo tanto debe ser sometida a un régimen similar. No han avanzado mucho desde la reforma de Córdoba para acá y sacralizan figuras demagógicas propiciatorias de arreglos y de componendas, en un medio que todos sabemos no se encuentra preparado con suficiencia para desmarcarse de las nefastas prácticas electoreras y gremiales que han venido fortaleciéndose durante muchos años en el país y en nuestras casas de estudio. Otros la siguen considerando como un claustro cerrado, como una corporación aristocrática que sólo debe dar cabida a sus saberes especializados y que desdeña otras formas de pensamiento. Estos, por su parte, no han superado la edad media o en el mejor de los casos, el modelo napoleónico. Lo dejo hasta ahí, como signo de una disidencia o como anuncio de un tratamiento más desarrollado del tema para otra ocasión.

Referirme a la UNEY, sí me parece ahora apropiado, no sólo porque nos compete de manera directa. También porque podemos –y lo decimos con orgullo- ser una referencia válida a la hora de ponderar propuestas innovadoras en el ámbito universitario. Muchos planteamientos que algunos presentan como novedades o como mecanismos para la transformación académica, no sólo sirvieron para justificar la creación de la UNEY, sino que han sido el caballo de batalla de nuestros programas formativos y de nuestra organización interna. Lo que ayer se veía como ilusorio, romántico o hasta disparatado, hoy es visto por algunos incrédulos de entonces, como una necesidad para cambiarle el rumbo a las universidades adocenadas del país. La UNEY sigue siendo una formulación heterodoxa. En esta segunda década de su existencia, iniciada hace poco menos de dos años, hemos podido observar con satisfacción cómo el corpus conceptual que la alberga se ha hecho sustentable y vigoroso. Así, vemos que la supresión de figuras administrativas innecesarias que facilitaban perversiones orgánicas, hoy quiere ser emulada por algunos, tomándonos como ejemplo, si la mezquindad no lo entorpece. Igualmente, la apertura intercultural hacia saberes y metodologías no existentes en los currículos oficiales, dibuja un atractivo modo de asumir la diversidad. La llave maestra del abordaje integral del conocimiento nos ha permitido tomar en cuenta y respetar visiones hasta hace poco ausentes en el campus universitario y esto ha sido abrazado sobre todo por un público no convencional, que se encuentra reivindicado en amplios postulados como los que comporta el programa Darcy Ribeyro. Tal vez nuestros interlocutores más activos en estos objetivos de renovación han sido académicos de otros países. Sin embargo, abrigamos la esperanza de que cierta lucidez nacional enriquezca nuestra experiencia y no postergue por mucho más tiempo la indispensable conversación para evaluar y mejorar lo que estamos haciendo.

Un viejo apólogo nos enseña que el buen camino es siempre el más arduo. Lezama Lima mejoró ese aserto diciendo que “sólo lo difícil es estimulante”. Para compensar la certeza de sus postulados y los logros de su aplicación, ese rumbo correcto debe pagar un alto precio: la oposición tenaz de los conservadores y algo peor que eso: la feroz envidia que el mito de las Euménides representa. Durante los dos últimos años, especialmente, nuestra universidad ha visto cómo la dignidad debe tributar un alto precio para ser ejercida, pero también cómo la seguridad interior, la transparencia, la calidad, el temple, la paciencia, la prudencia y la cultura, son las herramientas más idóneas para enfrentar cualquier obstáculo y visibilizar con más nitidez el trabajo realizado con esfuerzo, así como la innegable presencia de sus frutos. Ustedes forman parte de esta historia reciente de las dificultades y los éxitos.

Proponerse la forja de un espacio de los saberes donde la discusión sea sobre ideas y no sobre caprichos, dislates o intereses personales o grupales y, combinarlo, además, con una gestión donde la decencia pueda exhibirse sin máculas, le otorga una firme legitimidad a toda labor educativa. En eso estamos, por encima de malentendidos o de intentos externos de prevaricación. Hemos cometido y seguiremos cometiendo errores, pero nunca el de dejar que cualquier brejetero pueda desviarnos del camino. Con el pueblo de Yaracuy y con nuestra comunidad, hemos defendido y continuaremos defendiendo con hidalguía esta bella gestión de la cultura y de la creación social.

Hace un momento usé la palabra decencia. ¡Qué falta le hace al país recuperar la decencia perdida! Ustedes, graduandos, que hoy reciben un título que los acredita para ocupar espacios de responsabilidad, deben ser portadores auténticos y responsables de esa virtud. Estoy seguro de que el país necesita, hoy más que nunca, ese aporte silencioso de sus hombres y mujeres. Es un aporte para la convivencia olvidada y para la construcción preterida. No podemos prolongar la guerra federal de los civiles en el siglo XXI y empeñarnos en la tozuda destrucción de los valores y de las instituciones que los encarnan, en nombre de engañosas abstracciones.

Amaneció. Unos versos de San Juan de la Cruz me permiten saludar los “levantes de la aurora” y otros de Fray de Luis León el canto no aprendido de los pájaros. Los cohetes de la primera misa de aguinaldo (especie festiva en vías de extinción) de este diciembre que ha llegado atropellando, me dan pie para cerrar con palabras de buen augurio:

Celebren con alegría este logro alcanzado. Celebren con sus seres queridos, con sus amigos. Yo les deseo lo mejor. Nada más puedo decirles. La universidad de la que ustedes egresan hoy como profesionales, pero a la que siguen perteneciendo como personas, cálidamente los abraza.

San Felipe, 16 de diciembre del 2010

lunes, agosto 16, 2010

Democracia morbosa



Tomo un libro de la biblioteca y busco unas páginas leídas hace mucho tiempo. Son unos párrafos sobre la democracia que he estado recordando estos días y que probablemente mi memoria haya erosionado un tanto. Los leo ahora con igual admiración, pero con menos aprensiones que la primera vez. Recuerdo que en esa oportunidad me querellé con el autor, no por sus reflexiones discutibles y espléndidas, sino por cierto retintín aristocrático que emanaba de sus giros más punzantes. Pero el tiempo pasa y la relectura me permite el deleite pleno al que antes me negué. Hoy puedo apreciar la faena completa sin que me incordien algunas frases deliberadamente encarnizadas contra el “plebeyismo”. Disfruto de las verónicas y de las banderillas a media vuelta, de los engaños, quiebros y pases de muleta, así como de la infalible estocada a toro recibido que pone fin a una página radiante. Sin duda, me gusta la tauromaquia literaria que este autor ejercía con estilo inigualable. Con ella podría dar por satisfecha mi sana exhumación bibliográfica, pero hay algo más. Hay una meditación política y social que me atrae por su intemporal beligerancia. Podría citar in extenso para compartirla con los lectores, pero tal vez sea más apropiado tratar de resumirla. Lo hago.

El autor escribe en 1916 y lamenta el descenso de la cortesía que se padece en Europa. Se siente acosado por la indecencia, las discordias y los linchamientos. Valora y defiende la democracia, pero recusa la generalización brutal y automática de las barbaridades. Considera que tener iguales derechos no comporta haber alcanzado idénticas cualidades personales. Se adelanta en varios años a Enrique Santos Discépolo y escribe su propio Cambalache, porque está convencido de que no es lo mismo “ser derecho que traidor” y que nada mejor para la justicia que discurrir en el desafiante terreno de la diversidad. No pierde de vista la degeneración en que se puede incurrir cuando la democracia no está acompañada de un esfuerzo educativo que vaya más allá de las proclamas de que todos somos “educados”, “licenciados” o “doctores”. Sabe que la cultura no la otorgan los títulos y que las virtudes no se adquieren en las filas del sectarismo político. Percibe la crisis que adviene cuando la gente se percata de que los decretos de “felicidad” son ilusorios. Advierte, además, que el desengaño reforzará a los resentidos que no pueden adquirir ni talento ni sensibilidad ni delicadeza, por fuerza de resolución alguna. Los ve como periodistas, profesores y políticos, sin moral y sin luces, integrando con sus reconcomios funestos el Estado Mayor de la Envidia. La secreción de los enconos pasa a ser, según nuestro autor, lo que en su tiempo llamaban “opinión pública” o lo que algunos estimaban como “democracia”.

Ortega, porque de él se trata, amonestó temprano a los fanáticos de todo pelaje. Sabía que de la intolerancia a los desmanes no había más que un paso y que la falta de discusión malogra los proyectos de cambio. Quince años después del referido artículo fue un entusiasta del proceso republicano, pero también una de las primeras voces críticas cuando la voluntad de no convivir encendió la refriega entre los suyos. Un día llegó a afirmar: “¡No es esto! ¡No es esto!”. Y lo dijo a tiempo. Lastimosamente nadie lo escuchó.

Puedo seguir estando en desacuerdo con Ortega en muchas cosas, pero declaro que cualquier similitud que alguien encuentre en las líneas anteriores con alguna realidad de nuestro entorno, no es pura coincidencia.

viernes, agosto 13, 2010

Fabricio, Río y el azar concurrente

Fabricio Jiménez Morales

Cuando ya parecía imposible Fabricio consiguió los dos tomos de un libro que afanosamente buscaba (un libro de música: Armonía e improvisación, de Almir Chediak). La visita a la dirección precisa que le dieron, donde con seguridad lo encontraría, resultó frustrante: no había ni rastro de la escuela de música que se suponía allí ubicada. Decepcionados, resolvimos caminar por esa misma calle (Nuestra Señora de Copacabana) hasta que diéramos con una discotienda que visité hace tres años y encontrar, al menos, un disco para Israel. No había tiempo para más. Le dije a Fabricio: no te preocupes,."el azar concurrente" se encargará de conseguir el libro en las pocas horas que te quedan en la ciudad. Ya resignado, sugirió que camináramos por la Avenida Atlántica para pasar por el frente del Copacabana Palace y contemplar la fachada del hotel carioca de las Mil y una Noches. A Miguel y a mí nos pareció lo mejor y así, tomamos a la izquierda por la calle Duvivier. No habíamos avanzado mucho cuando nos topamos con una librería (después sabríamos que era la mejor librería de música brasileña de Río, Bossa Nova y compañía), situada, además, en un lugar mítico de la historia musical carioca: Beco das garrafas (también lo sabríamos después). "Hay que entrar, ¡aquí está el libro!", dije entonces, a ciegas. En efecto, allí Fabricio compró los dos tomos, quejándose sólo del precio que estaba un poquito más alto que el que había visto en internet, pero contento por el hallazgo, por la inesperada dicha de encontrar el libro de Chadiak. Por supuesto, no desaproveché la ocasión para atribuirle al azar concurrente de Lezama esa fortuna.

viernes, abril 23, 2010

Memoria de un libro en el día del Libro


Deambulaba largamente por las calles de un Sur que no conocía. Eran tiempos de lecturas febriles y de café por las noches. Mis ojos se asombraban y volvían una y otra vez sobre las líneas alucinantes y en una esquina me esperaba un teólogo cuya presencia sólo era referible en metáforas. No sabía si soñaba, pero las sorpresivas resoluciones de un párrafo me enceguecían. Yo vivía en la calle Motatán de las Colinas de Bello Monte, pero ni la casa ni la calle existían. Nada del entorno tenía cabida en mi otro mundo. Entraba y salía a una casa donde imperaba la soledad y la quietud. Temía, pero me gustaba ese temor antiguo. Con denuedo imaginario intentaba llegar al centro de la casa, llena de puertas y de oscuras galerías. Despertaba justo en el instante en que una nueva frase irrumpía para dejarme atónito. Reiniciaba, entonces, el oficio imperturbable de soñar. Y soñaba. Soñaba con el largo nombre de un filósofo que oía la perseverancia del agua y se preocupaba por el origen de un vocablo desconocido. Yo no sabía si estaba leyendo historias o participando en ellas. Me podían acusar de soberbia o de locura, tal vez de misantropía, no estoy seguro. Pretendí guiarme por una extraña moneda que me dieron en un vuelto, pero no. Se incrementó la irrealidad. Noche tras noche me soñaba dormido. Ebrio y ausente navegué por mares indescifrables durantes varios días, repitiéndome responsos por la vida pasada y oyendo a Brahms. Celebraba así nuevos tiempos, nuevos fulgores.

Hasta entonces había leído algunas maravillas, pero ninguna logró encandilarme como ésta, descubierta en un libro de bolsillo que había comprado en Suma, antes de que Raúl Bethencourt fuese el dueño de esa librería. Yo sabía que el autor del pequeño volumen era clamorosamente celebrado y que mi distracción en otros nombres de la literatura no podía seguir privándome de lo que presentía ya como una inédita delicia. Una frase más entusiasta que laudatoria, dicha por el amigo de un amigo, me inoculó el veneno unos meses antes y una tarde comencé a saldar la deuda. Arribo ahora al centro inefable de mis recuerdos. Podría, a partir del giro anterior, incurrir en el casi ineludible y fácil recurso de la parodia y profanar de nuevo la gracia descubierta. Ya lo he hecho sin darme cuenta del todo, pero no voy a reincidir. Me limitaré a decir que el alcance de mi presunción fue muy pobre porque no tuve en mis manos una obra de enorme calidad, hermosa, sabia y elegante. Después del estupor, tuve eso y algo más: las aguas cristalinas de un sencillo y profundo panteísmo literario. En ellas me ahogo cuantas veces puedo, para entonar adrede y como mías, estas entrañables y desesperadas palabras de amor:

-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.

jueves, enero 21, 2010

El poeta del Guaire en su santo lugar


Hay poetas que cultivan la desmemoria y a partir del olvido van fraguando su palabra aséptica. En algunos casos, ésta se convierte en una vía de la “anamnesis”, es decir, de la recuperación de las imágenes que se creían preteridas. Así, sin proponérselo, esos poetas van despertando de su amnesia, casi siempre efímera. En sus páginas la historia irá apareciendo casi imperceptible, sin aviso, pero segura. Un predicado la delatará algún día y habrá lectores que podrán ver en ellas la presencia oculta del tiempo, a pesar de la empeñosa cripta que las alberga. Por más que el poema dé vueltas sobre sí mismo, en algún momento dejará ver su mundana procedencia. Ya lo dijo Borges en aquella famosa ontología negativa que genialmente condensó en una línea: “Solo una cosa no hay. Es el olvido”.

Otros poetas son deliberadamente memoriosos. Cultivan su jardín de recuerdos y le abren puertas a la poesía para que ésta coja calle y se gane la vida afuera, a veces a empellones. Son cronistas de su época y también de otras, mediante las experiencias heredadas. Los hay nostálgicos, en permanente vena de escribir un “ubi sunt” sentimental. Estos poetas suelen refugiarse en la infancia y todo les parece perdido. Son líricos amables que buscan recobrar el tiempo más proustiano que haya sido.

También hay quienes le dan nueva vida al pasado, mediato o inmediato, y recuperan en híspidos versos imágenes de lo que fue una insignificante visión del día a día. Confieso que los prefiero a los otros, más todavía si son irreverentes, deslenguados, malaconductas y capaces de perpetrar todas las “incorrecciones literarias”, para disgusto de los “exquisitos” que se hacen la señal de la cruz al menor asomo de alguna tremendura. No me estoy refiriendo, por supuesto, a los autores de meras imprecaciones o panfletos. Hablo de estupendos poetas, como lo fue Víctor Valera Mora y como lo es William Osuna, quien ha escrito una obra de enorme calidad, que incordia a la pudibundez y celebra la vida, incluida la mala. Por cierto, también William ha hecho su “ubi sunt”, pero no para enumerar lamentos, sino para resucitar “todo aquello/ que suponíamos ido y distante/ hace un rato”. Así lo dicen los versos finales de su “Resurrección”.

Entre nosotros hubo un grupo literario que se llamó “Guaire”, por allá, en los ochenta del pasado siglo, pero de él no surgió el cantor contemporáneo del denostado río caraqueño. También hubo otro llamado “Tráfico”, que decía venir de la calle y hacia ella ir. Pero tampoco surgió de allí el auténtico cantor de la calle. Tanto ésta como el Guaire, ya tenían su poeta en William Osuna, cronista por excelencia de la Caracas de estos tiempos, cuyos libros me resultan imprescindibles para la comprensión de una ciudad que convertimos desde hace mucho en una “estéril granja de frenéticas memorias”. Podría hablar de la alegría paródica de una poesía que revela a un escritor de formidable oído o de los referentes políticos que testimonian un digno compromiso, así como del contagioso gusto por la historia afectiva, suya y de su gente, compuesta de canciones, de muchachas y de béisbol, pero se me impone hoy destacar la cartografía espiritual de sus libros, que es también el mapa verdadero de las nerviosas calles que ellos cantan.

En todos los libros de William Osuna la presencia de Caracas es tentacular. Desde la manzana “Q” de algún barrio del oeste, podemos emprender el viaje esencial y pasar por el zoológico de Caricuao, por un callejón de Catia donde la muerte bebe guarapita, por los bloques de El Silencio que escucharon una vez el más triste concierto de rock, por la avenida Roosvelt donde el fantasma de su abuelo desenchufó la luz, por el lugar que un día ocupó el gardeliano hotel Majestic, por la estación Plaza Venezuela, por el Universitario donde el Látigo Chávez a los 18 años ponchaba a Vitico los domingos y a casa llena, por Los Castaños-El Cementerio donde el autor dijo sus canciones y aquel poema de Pavese que tanto le gusta, por alguna calle de La Pastora, por el Avila, único verdor que merecemos, por la Sabana Grande de antes... Por todos esos entrañables y santos lugares, podemos ir con el poeta, sin perder nada de vista, hasta llegar, por fin, al indomable corazón de la ciudad: al Guaire, para pedirle la bendición y rogarle, humildemente, que nos ilumine.

En un largo poema titulado “1900” William Osuna dio cuenta de sus fantasmas urbanos y nos dijo: “Tierra mía Santiago de León de Caracas/ en qué raya de tus autopistas/ vi a los ancianos caminar como animales marinos/ y no dije nada en mi casa”.

Es la ciudad espectral habitada por los otros, la ciudad de los muertos, de los que cayeron y son los anónimos fantasmas que deambulan por nuestra memoria más reciente: la memoria de la lobreguez. Es la “ciudad sitiada”, que dice Gonzalo Ramírez, esa que nos dicta sus palabras afligidas y que pobló desde un principio la poesía de William Osuna y la llenó de silbidos, de preguntas, de dudas y de humores. Pero también de esperanzas. Por eso, machadianamente, el poeta puede decirle al venezolanito que ahora viene al mundo que ya “los manubrios se están enderezando en las galaxias”.

Amén. Y que Dios guarde por mucho tiempo a la ciudad y a su poeta.

martes, noviembre 17, 2009

La poesía en la Biblioteca Ayacucho (notas para un borrador sobre el tema)


Una primera aproximación al tema nos lleva al reconocimiento ineludible de que la poesía puebla con su presencia vigorosa y con sus hilos secretos el valiosísimo catálogo de esta gran enciclopedia latinoamericana y caribeña. Si acudiéramos a los números, tendríamos la fría pero elocuente constatación de que más de cincuenta títulos de la colección clásica corresponden sólo a poetas (o a escritores de prosa que también están representados en ellos por su importante poesía), para no hablar de las obras colectivas y de los cancioneros que nos hacen viajar desde nuestro “costado indio” (recordemos los volúmenes de literatura quechua y de literatura precortesiana), hasta la poesía de los tiempos de la emancipación, pasando por el llamado período colonial y sin olvidar algún nombre relevante de la Conquista (celebremos “Armas antárticas” de Juan de Miramontes y Zuázola y echemos de menos a Juan de Castellanos). Con todo esto, todavía nos quedamos cortos. Tendríamos que agregarle algunos títulos antológicos como el de la “Muestra de la Poesía Hispanoamericana” que figura en la Colección Paralelos. Mucha poesía podemos encontrar también en la obra de ficción de algunos escritores acá incorporados, así como en el trabajo crítico y ensayístico de autores que contribuyeron con su mirada a iluminar el paisaje poético de nuestras tierras. Uno de ellos, Angel Rama, el Angel Tutelar de esta Biblioteca en su gestación, encarna esa virtud. A él le debemos algunos prólogos indispensables de la colección Clásica, como el del portentoso volumen dedicado a Rubén Darío, que cuenta, además, con un trabajo editorial minucioso del poeta Ernesto Mejía Sánchez.

Dicho esto, me pregunto cómo abordar este copioso manantial de poesía en Ayacucho. Mi recordado amigo Julio Miranda gustaba de los numeritos y tenía una inmensa facilidad para hilvanar con ellos líneas de trabajo y apreciaciones literarias. Así, hubiera podido informarnos con precisión que Cuba está representada en la colección clásica por 8 títulos, los cuales corresponden a Gertrudis Gómez de Avellaneda, José María Heredia, José Martí, Julián del Casal José Lezama Lima, Eliseo Diego, Nicolás Guillén y por todos los poetas del grupo Orígenes (por cierto, esta edición preparada y prologada por Alfredo Chacón es un modelo de estudio en su género y un acercamiento entrañable y lúcido a la poética del inmortal grupo lezamiano) y que Venezuela cuenta con 10 nombres, por ahora. A saber: .Andrés Bello, José Antonio Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Vicente Gerbasi, Antonia Palacios, Juan Liscano, Luis Beltrán Guerrero, Andrés Eloy Blanco, Francisco Lazo Martí y Ramón Palomares. Podemos añadir que Colombia está presente con cuatro poetas, uno de ellos (aporte indiscutible de Ayacucho) es Hernando Domínguez Camargo, el escritor barroco que le dedicó un poema heroico a San Ignacio de Loyola y que no pudo ocultar jamás que era gongorino y jesuita. Hernández Camargo está acompañado por José Asunción Silva, Luis Carlos López y León de Greiff. Perú, por su parte, tiene hasta el momento uno menos que Colombia. Así, contamos con las compañías de José María Eguren, de César Vallejo y de Juan del Valle Caviedes, un poeta satírico del siglo XVII que nos permite conocer mejor la importantísima Lima de su tiempo. Una mirada rápida al catálogo podría hacernos afirmar que César Dávila Andrade es el único ecuatoriano presente, pero si observamos con más cuidado, nos percataríamos del hallazgo notable que nos depara el volumen 112 (“Letras de la Audiencia de Quito. Período Jesuítico): la poesía de Juan Bautista Aguirre, con sus textos eróticos, épicos y satíricos.

Podríamos seguir la línea “juliomirandina” y decir, por ejemplo, que contamos con un solo boliviano (Franz Tamayo), a quien –todo hay que decirlo- conocí gracias a la Biblioteca Ayacucho (si no, ¿cómo?) y que si compartiéramos –como debemos- a Bello con Chile, este país figuraría con una buena cifra de 6 poetas (Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Humberto Díaz Casanueva y Gonzalo Rojas), pero creo que sólo haríamos una especie de mecánica cartografía y como no estoy dotado para realizar las estupendas inferencias de Julio Miranda, corro el riesgo de quedarme en un desabrido inventario geográfico. Prefiero, entonces, compartir con ustedes mi experiencia de lector y algunas reflexiones sobre la misma.

El primer título de la Biblioteca Ayacucho es una especie de editorial o de declaración de principios. Allí se anuncia lo que vendrá después en materia de recopilación del pensamiento latinoamericano. Como recordarán ustedes, ese primer volumen es una compilación de diversos aspectos de las ideas de Simón Bolívar realizada por Marco Aurelio Vila y con prólogo de Augusto Mijares. Piedra fundacional para la Biblioteca, pero también muestra de una línea dirigida a mostrar lo mejor del ideario emancipador, este volumen dio comienzo a un periplo que no podríamos haber hecho sin la compañía de los poetas. Por eso estimo que fue un innegable acierto que el segundo título de la Colección Clásica fuese nada menos que el Canto General de Pablo Neruda, con introducción de su compatriota chileno Fernando Alegría, también incluido como narrador en el catálogo de la Biblioteca. “Cosmogonía, historia y crónica política, vaticinio imprecatorio, exaltación del paisaje, himno a un pretérito heroico y fundamento dialéctico del proceso de emancipación anti-colonial, esta summa poética es también el memorial fraterno de un personaje cuyas hazañas trascienden las meras circunstancias para arraigarse en un espacio superior, cuya visión esclarece los enigmas futuros”. Eso podemos leer en la nota editorial de este título emblemático, primer libro de poesía de la colección y apenas segundo de la misma. ¿Qué nos dice esa escogencia? En primer lugar, que la Biblioteca Ayacucho busca una conexión profunda con todo el continente, una incursión en su alma, en sus selvas, en sus ríos, en sus ancestros, en las iniciales de la tierra. Y en segundo lugar, que la Biblioteca no está siguiendo un canon dictado por la crítica académica o por la crítica no académica, pero en boga. Hubiese sido fácil complacerlas a ambas e iniciar la poesía de Ayacucho con algún otro autor, o tal vez, hacerlo con el Neruda de Residencia en la tierra, celebrado por tirios y troyanos. Pero no, a contracorriente de lo que entonces lucía como “poéticamente correcto”, Ayacucho apostó desde una perspectiva más cálida, la que nos permite emocionarnos con un topónimo encontrado al final de ese libro:

“Así termina este libro, aquí dejo
Mi Canto General escrito
En la persecución, cantando bajo
Las alas clandestinas de mi patria.
Hoy 5 de febrero, en este año
De 1949, en Chile, en Godomar
De Chena, algunos meses antes
De los cuarenta y cinco de mi edad”.

Al “Canto General” de Neruda, siguió el volumen prodigioso de Rubén Darío, un liberador de la palabra poética, a quien debemos según el provocador comentario de Octavio Paz, no la fundación de un movimiento (el modernista) sino la creación y consolidación de una escuela de baile. Hubo mucha música en su alma (a diferencia de Gracián, según Borges) y como saben sus lectores de todos los tiempos amó su ritmo y rimó sus acciones. Darío, dice Eduardo Milán, nos liberó del “contenido poético” y “nuestra realidad de neocolonias líricas”. Darío preparó el terreno para las vanguardias, a pesar de algunos epígonos que se quedaron anclados en el canon, salvo Julio Herrera y Reissig, también incluido en Ayacucho. Ya Angel Rama había estudiado ampliamente a Rubén y pudo brindarnos un prólogo admirable. Las notas editoriales del nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez constituyen junto a ese prólogo uno de los aportes más significativos y rotundos que la Biblioteca Ayacucho le haya hecho a la poesía hispanoamericana. Tener a Darío en nuestra biblioteca doméstica, en el mágico número 9 de la Colección Clásica de Ayacucho, es tener, en verdad, a Darío, para no decirlo con el lugar común del “tesoro bibliográfico”. Recordemos, además, que la colección Claves de América, incluyó otro título del gran nicaragüense: “Cuarenta y cinco poemas”, con prólogo de Ludovico Silva y selección de Oscar Rodríguez Ortiz. A la hora de mostrar una gesta creadora en América Latina, el nombre de Rubén Darío es imprescindible. También lo es si queremos empalmar con la audacia americana del idioma y con una estética nuestra que puso su “pica en el Flandes” de las academias, para decir con desparpajo nicaragüense: “de ellas, ¡líbranos, Señor!”

(…)

Permitir que los lectores de América Latina y el Caribe conocieran al ya citado Julio Herrera y Reissig fue otro aporte de la Biblioteca Ayacucho. Que podamos acercarnos a “Los peregrinos de piedra” y a toda su obra poética, incluida la que se mantuvo dispersa en publicaciones periódicas, se lo debemos a la Colección Clásica. Y, por supuesto, a Alicia Migdal y a Idea Vilariño.

Incorporar a Lezama Lima, a Eliseo Diego y a la poética de Orígenes y no sólo al importante y amable Nicolás Guillén, fue serle fiel a José Martí y su amor por la palabra como jinete del pensamiento y no como su caballo.

Valdría la pena darle continuidad a esta línea de trabajo que pone a disposición de los lectores lo más valioso de los grupos o movimientos poéticos del ámbito latinoamericano, así como una revisión crítica de los mismos. Pienso en “Mandrágora” de Chile, en los “poetas concretos” de Brasil, en “Poesía de Buenos Aires”, de Argentina y en “Contemporáneos” de México, entre otros ejemplos ilustres. Por cierto, aparte de los formidables volúmenes dedicados a Sor Juana Inés de la Cruz y a Ramón López Velarde, la presencia mexicana ha sido hasta ahora escasa. Sin embargo, para compensar esa situación no podemos obviar el excelente tomo consagrado a la literatura del México antiguo, preparado por Miguel León Portilla y que contiene toda la obra poética de Netzahualcoyotl. No está Octavio Paz en Ayacucho, pero está Netzahualcoyotl. Tampoco podemos olvidar que la prosa de los poetas Amado Nervo y Manuel Gutiérrez Najera figuran en una noble colección de la Biblioteca Ayacucho, llamada lezamianamente “La expresión americana”. Y, por supuesto, que Alfonso Reyes, nos habla a todos los latinoamericanos desde los espléndidos ensayos reunidos en el número 163 de la Colección Clásica.

Apostar por el carácter clásico de los chilenos Gonzalo Rojas y Humberto Díaz Casanueva y no ceñirse al cartabón que incluye sólo a Neruda y a Huidobro, es no dejarse llevar por la regla de un “librito” y reconocer la existencia de una poesía que se ha hecho firme, gracias a una conciencia literaria que no depende de las modas ni admite interdictos. Por cierto, tuvimos la suerte de que la edición correspondiente a Gonzalo Rojas fuese revisada por el autor, lo que le otorga un valor editorial indiscutible…

Lo escribió un día Augusto Roa Bastos: “La Biblioteca Ayacucho, en tanto enciclopedia de la ilustración latinoamericana, ha sido hecha con criterio rigurosamente crítico por lectores formados por estos mismos textos. Tal es precisamente el carácter de circularidad y concentración de saber y paideia que distingue a las auténticas enciclopedias”. Ese saber abarca, desde luego, a la poesía, sino andaría un poco desalmado.

Concluyo. La Biblioteca Ayacucho, al incluir un importante número de poetas en su Colección Clásica, nos está diciendo que sin la poesía no es posible comprender a América Latina, por la sencilla razón de que sin la poesía no es posible comprender nada.

Freddy Castillo Castellanos
Caracas, julio del 2009.

jueves, septiembre 24, 2009

Un prólogo para Ludovico

Ludovico Silva

"Ellos creen que he muerto. Nunca se han desvivido
Ludovico Silva

1. El lector tiene en sus manos un libro descomunal. Por circunstancias que alguna vez nuestro filósofo calificó de “dolorosas” o por la explicable fatiga de habérselas con la obra entera de Marx en varios idiomas, esta prodigiosa composición significó para Ludovico Silva un prolongado y arduo desafío. He empleado el vocablo “composición” adrede y no sólo porque sé que su resonancia musical sería del agrado del autor, como puede comprobarse en su prefacio, sino también porque me ilustra, con más precisión que otra palabra, el armonioso tejido teórico que albergan estas páginas. Superar limitaciones bibliográficas para componer lecturas y traducciones, deshacer entuertos interpretativos, enmendar planas de autorizados exégetas, nadar contra las corrientes dogmáticas, indagar la genealogía de desdibujados conceptos marxistas e hilvanarlo todo de manera impecable y prístina, tiene, sin duda, algunos rasgos de proeza intelectual. Confío en que los lectores, al cerrar el libro, convendrán conmigo en que esta efusión se justifica.

Además de vertebrar su teoría de la alienación, Ludovico Silva nos devuelve a Marx en su integridad, sin fisuras, invicto, sobreviviente a todas las desgracias filosóficas y a todas las crisis del pensamiento. Marxista hasta en sus maneras argumentales, Ludovico parte de ideas que parecen correctas, pero de las que no estamos seguros. Poco a poco nos va enganchando en un periplo analítico que concluye con la demostración palmaria de que su tesis era cierta. Cierta y evidente, pero no irrefutable, porque su lúcido recorrido filosófico nos invita también a la crítica permanente, que tanta falta nos hace en estos tiempos complejos y difusos.

2. Venimos de un largo y extenso proceso de alienación, merced al cual hemos perdido hasta nuestro territorio más entrañable: la palabra. Así, ya no llamamos a las cosas por su nombre ni empleamos los viejos vocablos que gracias al esfuerzo intelectual de pensadores como Marx, sirvieron para iluminar las zonas más oscuras de la realidad social y de la historia. Dejamos de hablar de alienación, por alienados. En verdad, dejamos de pensar en un sentido crítico y nos entregamos a la molicie académica, al letargo inducido por los lemas o al embrutecedor tedio mediático. Por eso, también perdimos las palabras. Recuperarlas es urgente. Una de ellas, alineación, nos puede servir, sobre la base de su idónea construcción marxista, para descifrar cuanto nos pasa en este reino del espectáculo en que nos movemos, o en que nos mueven, para ser más exactos.

Estar alienado es también dejar de pertenecer a una memoria, a una tradición, a una cultura, a un pensamiento fuerte, en fin, a uno mismo. Es el desarraigo total, condición indispensable para que prospere la hegemonía demoledora del capital y para que el consumo nos consuma vertiginosamente, como la más brutal de las tecnolatrías lo ordena. El consumo, es, simultáneamente, un acto de posesión y de desposesión, como en alguna oportunidad leí en un texto de Argullol. Los “consumidores” no establecen una relación verdadera con nada. El mercado los obliga al desecho inminente. Para él no es necesaria la necesidad real, sino su ilusión. La inercia de su funcionamiento es irrefrenable y la autodegradacion es su slogan. Muy lejos estamos del vínculo que antaño podíamos establecer con lugares, seres y cosas de nuestro afecto. Una normalidad patológica nos circunda. Uniformamos lenguajes, programas educativos, opiniones y hasta sueños, según el código legitimado en las democracias del “consenso” y de la “cohesión”. Nada que ver con la belleza del personaje de una película que ahora recuerdo. Me refiero al viejo ex-marino de En construcción (filme del español José Luis Guerín), capaz de invertir la lógica del mercado y de transformar la basura en una maravilla cotidiana. Cartonero o recogelatas del barrio chino de Barcelona (hoy Raval), el adorable viejo de la película va sacando de su bolso cachivaches y los convierte de inmediato en tesoros que llenan su vida y que gracias a su imaginación lo concilian con el mundo y le permiten tener “caprichos de gente caprichosa” y no burda y aburridamente el previsible objeto de moda que se compran todos los vecinos. También con las palabras ocurre lo mismo en nuestras comarcas intelectuales.

3. Un día Andy Warhol tomó una lata de Sopa Campbell y la convirtió en una obra suya, es decir, en una supuesta obra de arte. Eso fue suficiente para dar por descubierta la veta más rentable de su oficio. El Pop Art tuvo así su acierto capital: transformar la mercancía en arte sin que dejara de ser mercancía, sino que, por el contrario, pasara a serlo en un grado mayor y de una manera más exquisita. Son incontables los millonarios que exhiben en las paredes de sus casas la famosa lata cotidiana firmada por Andy Warhol, autor, además, de una frase emblemática para este mundo de la alienación ideológica: “No hay arte más fascinante que ser bueno para los negocios”. Gabriel Zaid, con su habitual acierto, ejemplifica con el caso Warhol la perversión axiológica del arte de nuestro tiempo, según la cual las obras valen o no, según su éxito en el mercado. “Dime cuál es tu éxito de ventas y te diré cuánto vales artísticamente”, parece ser la máxima en estos tiempos en que impera más que nunca la religión del mercado.

La desfachatez mercantil de un artista como Warhol es perfectamente compatible con la lógica del sistema capitalista descubierta por Marx. Hasta la más mínima ocurrencia puede ser transformada en valiosa mercancía. Podemos envasar el vacío y venderlo a precio de oro, así como colocar sobre el plato el menú de degustación virtual de Ferrán Adriá y pagar una fortuna por disfrutarlo en el Bulli, sancta sanctorum de la deconstrucción culinaria, una mercancía más de la industria del gusto.

Ejercer el control de la apariencia es hoy tan importante como ejercer el monopolio de la weberiana “violencia legítima”. No importa ser. Lo indispensable es parecer. Y que la opinión, nunca el pensamiento, se encargue de validar las apariencias. La ceremonia de esas banalidades vive hoy en día un apogeo que Marx previó en su insuperable y minucioso examen de esa maquinaria demoníaca llamada capitalismo y que Ludovico Silva en las páginas de este libro nos esclarece de modo magistral.

4. Por mucho tiempo se pretendió reducir las teorías de Marx a una tesis económica que denunciaba la inexorable debacle del proletariado en virtud del voraz capitalismo, dejando por fuera realidades que se enviaban al desván de la “superestructura”. Esa visión reductiva y parcial fue promovida ampliamente tanto por marxistas como por antimarxistas. Se le restó importancia al tema de la ideología y se descartó el problema de la alineación, ambos de gran relieve en toda la obra de Marx, como lo constató Ludovico Silva. En este libro se asume y se demuestra, con rigor y sapiencia innegables, que la alienación es una categoría que abarca a la sociedad entera y que no es válido seguirla fragmentando y menos aún, verla sólo como ocurrencia filodóxica de una Marx juvenil. En el capítulo dedicado al fetichismo encontraremos eficaces ejemplos, semejantes a los ya dichos, pero acompañados de una portentosa reflexión que ya quisieran para sí algunos pensadores europeos dedicados a estudiar la transformación de todo en mercancía y en algo que es cada vez más apabullante y tentacular, mediante el empleo de los medios de comunicación: en espectáculo.

5. Los aportes de Ludovico Silva son, en primer lugar, originales, en el sentido de que provienen de su propia lectura, de su lectura directa y heterodoxa de Marx, independientemente de las inevitables y lógicas coincidencias con los contados autores que también hicieron lo mismo: ir a las fuentes. En segundo lugar, son fecundantes, provocadores y oportunos. Cuestionar el marxismo teológico de pesadas burocracias comunistas y desmontar el marxismo de los caletreros de manuales, fue sin duda una contribución al pensamiento crítico y, sobre todo, a la ampliación de un panorama que estaba dominado por la repetición de dogmas, en algunos casos o por la traición a unos ideales, en otros. Probar el verdadero carácter del concepto de “alienación” en Marx no es de poca monta. Eso y más hizo Silva en este libro. Y digo más porque La alienación como sistema es también una biografía intelectual de Marx, una cartografía amable del contexto en que se produjeron sus obras y un recorrido entrañable por algunos momentos cruciales de su vida.
6. A comienzos de los 70 me aproximé con timidez a Ludovico Silva. Yo venía leyéndolo con interés y fidelidad desde 1966 en sus artículos de El Nacional, pero fue la lectura de La plusvalía ideológica, el mismo año de su publicación (EBUCV, 1970, con el histórico prólogo de Juan Nuño), lo que me convirtió definitivamente en uno de sus entusiastas admiradores. Con ese fervor por su obra me le acerqué un día para pedirle que aceptase una invitación para hablar del “carácter ideológico de lo jurídico” en unas jornadas que organizábamos algunos estudiantes de la Facultad de Derecho de la UCV. Ludovico aceptó de inmediato, sin condiciones. Ese primer acercamiento personal al estimadísimo autor, me reveló de una vez la serena calidez de su trato y la amabilidad de su presencia, virtudes que me fueron ratificadas el inolvidable día de su intervención. No sólo llegó a tiempo, sino que me entregó la copia del texto que escribió para nosotros en esa oportunidad. Aún conservo esas hojas mecanografiadas (con tres correcciones suyas, hechas a puño y letra) que contenían un llamado a que iniciáramos entre nosotros la crítica radical de la ley como instrumento de represión y como herramienta al servicio de los dueños del capital. Nos exhortó a que dejáramos de considerar al derecho como “teoría pura” kelseniana y nos percatáramos de su carácter de aparato ideológico práctico y cotidiano. A partir de ese momento inicié con Ludovico un discreto vínculo amistoso que permitió nuevas participaciones suyas en actividades de la Facultad (recuerdo una en la que estuvo acompañado por Luis Britto García), así como el generoso disfrute por mi parte de sus opiniones en torno de autores y libros sobre los cuales le indagaba en gratas conversaciones de cafetín ucevista. Dejé de verlo porque me fui a España en el 73 para hacer estudios de postgrado. Antes de irme lo visité para recibir de él un paquete de libros y dos cartas, en las cuales, para mi sorpresa, le agradecía a los destinatarios la eventualidad de cualquier favor que pudiese requerir de ellos el cartero ad hoc que las llevaba. Ese gesto suyo, absolutamente motu proprio, me reveló que su amistad no era sólo un decir y que su camaradería no era sólo un abrazo. Ludovico me demostró que para él ser compañero era un acto de fe y de confianza.

7 Hoy debemos volver nuestra mirada atenta a la obra de quien supo certeramente descorrer el velo del capitalismo. Más vigente que nunca, el Marx leído por Ludovico Silva nos puede iluminar en este difícil trance de cambios que estamos afrontando y emprendiendo.

Por último, si bien este es el libro de un estupendo filósofo marxista, también lo es de un valiosísimo poeta, cuya prosa vale, no sólo por lo que dice, sino también por el cálido modo en que lo dice. De allí su gracia imponderable.


Freddy Castillo Castellanos

(Prólógo a una reedición de La alienación como sistema)

jueves, julio 16, 2009

Una conferencia disminuida

En la Sala I


1. Tiene razón Rigoberto Lanz cuando dice que la Conferencia de París confirmó una paradoja académica: mientras más hablamos de transformación, menos nos transformamos. Es casi ineludible aceptar una vez más que no hay ámbito más conservador que el conformado por las universidades. Pienso, sin embargo, que al final de esta segunda Conferencia Mundial de la Educación Superior se pudo recuperar algún asomo de optimismo por la firmeza con la que algunas delegaciones de América Latina y el Caribe enfrentaron el pacto europeo y defendieron los acuerdos de la CRES. Expliquemos: del Comité de Redacción había salido una declaración en la que se hablaba de educación superior como “servicio público”. La voz unánime de los latinoamericanos logró que ese “habilidoso” enunciado privatizador fuese sustituido por la expresión “bien público”. Nuestra delegación, con la viceministra Tibisay Hung al frente, redactó un breve texto que circuló entre los países del Grupo Latinoamericano y del Caribe (Grulac) para que sirviese de orientación argumental en el debate que iba a darse en la última de las sesiones, la decisiva. El planteamiento difundido indicaba que hoy en día el derecho a la educación superior se encuentra amenazado por una fuerte tendencia hacia la mercantilización y que mal podría la UNESCO hacer caso omiso de esa realidad. Como instancia multilateral de la educación en el mundo está obligada a activar mecanismos que frenen cualquier acción que vulnere ese derecho. Agregaba la propuesta venezolana que una manera de abrirle cauce a la protección efectiva de la educación superior es su declaratoria como “bien público” y que limitarse a expresar que se trata de un “servicio público” es amputarle su carácter incluyente y universal, puesto que los servicios suelen beneficiar a quienes los pagan o a quienes contribuyen con su prestación. Los bienes públicos, en cambio, son de todos y apuntan inequívocamente hacia un derecho. Se recordó, además, de consuno con Brasil, Uruguay, Cuba y otros países, que ya la UNESCO en un documento de noviembre del 2008, había sostenido que la educación es un “bien público dirigido al disfrute de todos” y que de no ratificarse ese criterio en la II Conferencia Mundial de Educación Superior, la organización estaría apartándose inopinadamente de su propia doctrina, lo que sería algo peor que una ostensible incongruencia. Sería una inmensa falta de seriedad. Todos los países latinoamericanos cerraron filas en esa misma línea y lograron que al final de la sesión se declarara que la Educación Superior es un bien público y no un “servicio público”. De alguna manera podemos afirmar que los tozudos rezagos del neoliberalismo educativo fueron derrotados en ese momento por la perseverancia y coherencia de América Latina y el Caribe. Pero no nos hagamos ilusiones. Lo obtenido es muy poco. Mucho más avanzada que esta segunda Conferencia fue la primera y aún estamos como estamos.


2. Afirma Rigoberto Lanz, refiriéndose también a la Conferencia realizada la semana pasada, que “la magnitud de los esfuerzos y recursos puestos en escena contrastan con los discretos resultados”. Concuerdo con él, pero pienso que es necesario añadir que en esta ocasión los recursos fueron menores y que ello obedece tal vez a una sólida tendencia a disminuir el apoyo financiero para los programas multilaterales de educación superior. Al parecer, ya fue anunciado un recorte presupuestario del diez por ciento para el IESALC, así como la posibilidad de cerrar sus oficinas en Caracas. Todo ello podría formar parte de una reedición de las tesis del Banco Mundial, pero esta vez con el discurso tramposo y superficial de Bolonia, que tanta resistencia ha provocado en numerosos jóvenes europeos. No así en los estudiantes de utilería que fueron presentados en una sesión de la Conferencia para decir lindezas como la siguiente: “Estoy estudiando en la universidad porque quiero ser como Bill Gates”. Oído lo cual, con más dolor que asombro, confirmé que el gobierno de los Estados Unidos “de verdad verdad” retornó a la UNESCO.


3. A contracorriente de esa visión lamentable, Lorgio Vaca, Encargado de Negocios de la Delegación Permanente de Bolivia en la UNESCO, hizo una breve y sustanciosa intervención, probablemente la mejor de la Conferencia. Nos dijo el gran artista boliviano que la educación “superior” debe comenzar en la primaria. Recordó cómo en las culturas indígenas de su tierra no existe esa jerarquía positivista de la que tanto hacemos gala nosotros (superior/inferior) y abogó por una mayor presencia del arte en nuestros procesos educativos. Seguramente sus palabras seguirán siendo juzgadas bajo el prisma de la banalización de siempre: “bonitas”, “¡qué simpático el artista!”, pero nada más. Nada que comporte una conexión genuina con la sabiduría que esas frases contienen. Y es que el mundo académico es cerril y engreído y ostenta una inepcia clamorosa para el diálogo con saberes que no sean los suyos. Nos creímos el viejo cuento de lo “superior” y no hemos hecho otra cosa que reforzarlo con modelos académicos corporativos y soberbios. De allí que siempre estemos “transformándonos” de la boca para afuera y solazándonos en la molicie de las arrogancias epistémicas.

lunes, julio 06, 2009

Diario de una Conferencia

Tibisay Hung

Domingo 05-07-09: Llegamos ayer en la mañana, después de un viaje que se inició con una larga espera en Maiquetía y que siguió casi sin turbulencia alguna hasta el aeropuerto Charles de Gaulle. En el cálido domingo parisino apenas tuvimos tiempo de instalarnos en el hotel donde nos había reservado la embajada venezolana (a muy pocas cuadras de la UNESCO) y de almorzar en el amable bistró de enfrente. Nada de descanso, ni de lamentos por la maleta del compañero Luis Peñalver Bermúdez, dejada en Venezuela por Air France y que han prometido traer mañana. Nos esperaba de inmediato la jornada de acreditación en la II Conferencia Mundial de Educación Superior y la sesión inaugural de la misma. Allí, todo en orden, y en orden cartesiano, de paso, incluidos los discursos convencionales, muy de ese tonito “Unión Europea” que se ha impuesto en materia de educación superior por estas tierras. Salvo la intervención de una representante estudiantil francesa, que reivindicó el carácter de bien público de la enseñanza universitaria, el resto fue la monótona retórica del desarrollismo educativo, tal como lo podíamos prever por la lectura que hicimos del proyecto de Declaración Final que circula desde hace algunos días. La gran batalla de la Conferencia se dará, precisamente, en el Comité de Redacción de ese documento. Por fortuna, los venezolanos estaremos allí presentes, con la viceministra Tibisay Hung, a la cabeza, para proclamar valores y responsabilidad social.

Lunes: 06-07-09: Cielo azul, pero sólo para contemplarlo unos segundos. Hoy el trabajo ha sido intenso. Larga sesión mañanera para presentar los temas de las mesas paralelas. Por la tarde y hasta hace pocos minutos, acompañé a la viceministra Hung en la primera reunión del Comité encargado de redactar la Declaración Final. Nos topamos con lo que da la impresión de ser un acuerdo previo de Europa-USA, para no dejar que se introduzcan modificaciones al papel elaborado por ellos. Dada la mecánica de trabajo escogida, todo parece apuntar que no será fácil hacer valer nuestra propuesta latinoamericana (la del texto de Cartagena de Indias) donde sostenemos que la educación superior es un bien público, social y específico y no una actividad mercantil. Tampoco un espacio corporativo y anacrónico y menos aún, gremial y leguleyo. Allí abogamos por una educación no limitada a conceptos asépticos como el de la calidad, sino por una educación superior pertinente, comprometida con el pueblo. Los poderes fácticos, junto a cierto poder que impera en la UNESCO, pretendieron hoy que en nuestra mesa sólo se hablara inglés. El representante del Congo, que lo habla, amenazó con retirarse si no le permitían usar el francés. Al final, admitieron su uso. ¡Y pensar que la UNESCO celebró el año pasado el año del multilingüismo! Pese a los tropiezos, el equipo venezolano que, también lo conforma Rigoberto Lanz, seguirá batallando, junto a Brasil y Jamaica en el Comité de Redacción y junto a todos los demás países latinoamericanos en las otras mesas de una Conferencia donde se confrontan dos visiones del tema académico: la del mercado y la de los valores humanísticos.

Escribo casi como un corresponsal y no como un diarista. El tiempo apremia. Debo salir a otra reunión de trabajo. Dos de mis compañeros de delegación visitan París por vez primera, pero hasta ahora es como si estuvieran en Caracas o en Cumanacoa. Miento, se sienten felices por el entrecot con papas fritas que se comieron ayer y por la tarte tatin que probaron esta tarde. Y claro, por el sol de verano que se prolonga casi hasta las diez de la noche en una ciudad de luces que nunca se apagan.

miércoles, julio 01, 2009

Onetti centenario

Onetti nació el 1 de julio de 1909. Hoy cumple cien años

1. Desde 1968 mi memoria conserva la contratapa de un libro comprado a Alfredo Moreno en algún pasillo de la Universidad Central de Venezuela. El libro lo perdí casi de inmediato, dejándome un vacío que nunca termina de llenar la tenaz reaparición de unas palabras que hallé para siempre en su contraportada. Tal vez escritas por Angel Rama (editor del volumen), esas palabras resumían el libro, es decir, resumían –siguen resumiendo para mí- a Onetti. No las olvido: “Una mujer y un chivo en la estación Constitución, un médico novelista escéptico y humano, la arisca historia de una piedad viril, con los personajes de Juntacadáveres, Onetti recrea la vida ardiente y desolada de los jóvenes”. El libro perdido y jamás reencontrado, se llama, creo, Para una tumba sin nombre.

2. Onetti nos llegó con el llamado “boom latinoamericano”. No representaba, en rigor, a esa promoción de narradores ni venía con ellos en la cresta de la ola. Cuando ésta desapareció quedaron en la orilla algunos tesoros, nombres que habían permanecido inadvertidos durante muchos años y que dejaban, por fin, de pertenecer a un selecto y reducido grupo de iniciados.

3. Desde 1939 Onetti era una seña de identidad secreta para quienes ya habían explorado territorios narrativos diferentes al realismo galleguiano. Su primera novela, El Pozo, de la cual se publicaron quinientos ejemplares, con un dudoso dibujo de Picasso en la portada, sólo fue leída por unos seis o siete seres extraños de Montevideo. Sin embargo, eso fue suficiente para que se diera comienzo a la secta onettiana de la parte oriental del Río de la Plata. Esta secta tardará en llegar a Buenos Aires, donde Onetti discurrirá casi invisible durante dos décadas, trabajando en agencias publicitarias y escribiendo y publicando libros que no serán leídos sino muchos años después. Entre tanto, Ciro Alegría ganaba con El mundo es ancho y ajeno un concurso donde Onetti seguramente era la voz narrativa lúcida y discordante, pero incomprendida y, por su parte, Bernardo Verbitsky, con una novela tal vez prescindible y ahora olvidada, le arrebataba a Tierra de nadie, el primer premio de la editorial Losada. En fin, desencuentros habituales de la literatura, de los cuales Onetti pudo exhibir varias experiencias.

4. ¿Las páginas fundacionales terminan por imponerse? Vargas Llosa, con La casa verde, le gana a Onetti y su Juntacadáveres, en 1967, el premio de novela “Rómulo Gallegos” (otro desencuentro, esta vez, quizá, por llegar un poquito tarde).

5. Pero fue, precisamente, Mario Vargas Llosa uno de los primeros en apuntar el carácter fundacional de la obra narrativa de Onetti. Sobre El Pozo escribió lo siguiente: “Es la primera novela de un escritor hispanoamericano que crea un mundo riguroso y coherente, que importa por sí mismo y no por el material informativo que contiene, asequible a lectores de cualquier lugar y de cualquier lengua, porque los asuntos que expresa han adquirido, en virtud de un lenguaje y una técnica funcionales, una dimensión universal. No se trata de un mundo artificial, pero sus raíces son humanas antes que americanas, y consiste como toda creación novelesca durable, en una objetivación de una subjetividad”.

6. Onetti descendió al infierno tan temido. Toda su obra es una alusión a esa temporada en el infierno. Dos relatos memorables: El infierno tan temido y La novia robada. Una obra maestra: La vida breve. Suficiente para acompañar al hombre en su desgracia. Chapeau.

7. Juan Carlos Onetti fundó a Brausen que fundó a Santa María que fundó a Díaz Grey que fundó a Juan Carlos Onetti.

8. Todo Onetti puede ser leído como una vindicación del acto creador. Brausen salvándose por la literatura. Onetti mismo reviviendo en su cama de enfermo crónico, todos los días y todas las noches, para poder dejarnos un último regalo: Cuando ya no importe. La misteriosa entrega al acto de escribir y de inventar otro mundo, como modo ineludible de sobrevivencia. Onetti: una poética de la enfermedad que sólo admite al arte como cura.

9. Viajo a Santa María. Llevo La vida breve conmigo. Al pararme frente a la estatua de Brausen, de Dios-Brausen, ese héroe del existencialismo onettiano, abro el libro y busco la página 36 para rezar cuanto sigue: “Pero si yo no luchaba contra aquella tristeza repentinamente perfecta; si lograba abandonarme a ella y mantener sin fatiga la conciencia de estar triste; si podía, cada mañana, reconocerla y hacer que saltara hacia mí, desde una ropa caída en el suelo, desde la voz quejosa de Gertrudis; si amaba y merecía diariamente mi tristeza, con deseo, con hambre, rellenándome con ella los ojos y cada vocal que pronunciara, entonces, estaba seguro, quedaría a salvo de la rebeldía y la desesperación”.

10. Onetti murió en Madrid, en 1994. Estado o enfermedad causante directo de la muerte: Brausen, Santa María, todos ustedes, yo mismo. Hoy cumple cien años. Y no los aparenta.

domingo, mayo 24, 2009

Anotación del otro, del mismo

Plaza Rodríguez Peña, Buenos Aires

29-11-08: No he mirado la fecha de la entrada anterior para no comenzar ésta haciendo el cómputo del largo silencio. Han pasado y me han pasado muchas cosas. He visto a Olivia dos veces en Buenos Aires (ya van tres este año). (…) He dado no sé cuántas conferencias y escrito no sé cuántos artículos. Sigo leyendo y estudiando. Oigo como siempre pájaros en la mañana y voy a San Felipe todos los días. Leo a los cronistas y hago crónicas. Persisto en Borges y no se me quita la manía de creer que La muerte y la brújula es el mejor cuento policial de la literatura, considerados todos los tiempos y todas las lenguas. Vi y oí a Susana Rinaldi en la plaza Rodríguez Peña un domingo lleno de imágenes, de Duchamp, del Riachuelo, de tangos, de Olivia. He recibido en la UNEY a Briceño Guerrero y he leído un libro genial de Humberto Mata llamado Pie de página. He pensado que podría vivir en Salta o en Aragua de Maturín o mudarme de una vez a Buenos Aires. Visité Jujuy donde tuve el honor de acompañar a Miguel Rojas Mix y de comer interminablemente humitas en un restaurante llamado “Mano jujeña”. He vuelto a leer a Octavio Paz y he comprobado que su poesía sería perfecta, si no fuese por su luz que lo deja a uno ciego. En fin, sigo haciendo lo de siempre, pero no soy el mismo.

Mnemosine

Mnemosine. Dante Gabriel Rosetti


La memoria y el azar. Ambos poseen hilos secretos que se cruzan en su lugar predilecto: el laberinto.

La memoria tiene pasadizos ocultos. La memoria no se pierde. Tú te pierdes en ella. Perder la memoria, en realidad, es perderse en la memoria. Es perder su hilo.

La memoria también es un bosque. Sus árboles a veces no te dejan verla, Procura alcanzar un claro en su interior y lee desde allí a María Zambrano, como quien celebra un ritual arcaico.

La memoria tiene vida propia. Tú no la tienes. Ella te tiene a ti.

La memoria tiene más futuro que pasado, aunque contenga todos los pasados.

La memoria puede ser silenciosa e invisible, pero está ahí, acechándote.

Cuando la memoria habla, tú callas. Cuando la memoria calla, tú ni hablas ni escribes. Te dejas llevar por el rumor de la memoria silenciosa.

La memoria no escribe hoy porque lo escribió todo mañana.

La memoria atesora personajes que parecen perdidos para siempre. Un día, que puede ser hoy, uno de esos personajes aparece y te dice lo que nunca se atrevió a decirte hace décadas. Son las viejas celadas de Mnemosine, madre de todas las musas.

La memoria se detiene algunas veces y rememora. Después vuelve con más bríos y te inunda.

La memoria es una mañana en el mar porque dos amantes escuchan el aria de la Bachiana Nro. 5 de Villalobos.

La memoria es un territorio infinito, un légamo que no termina.

La memoria suele dislocar su brújula y se va al pasado por irse al futuro.

Se equivocó la memoria. Se equivocaba.

jueves, mayo 14, 2009

La mágica enfermedad y las desatenciones de la critica

Jesús Sanoja Henández (1930-2007)

El lector buscó en su biblioteca y no encontró nada. Escribió después el nombre del autor en Google y tampoco. Tecleó otro nombre y la previsible respuesta de “cero resultados” no se hizo esperar. Insistió, esta vez en una hemeroteca que le es familiar y después de una larguísima pesquisa dio con un artículo de prensa del año 68. El autor del artículo era Luis Alberto Crespo, cuyo primer libro obtuvo una mención en el mismo concurso donde el poemario reseñado por él había logrado una distinción semejante. Con los anteriores datos –ciertamente insuficientes- tienen que ser muy pocos los que ya saben que el lector estaba indagando acerca de La mágica enfermedad, de Jesús Sanoja Hernández, un formidable libro raro que todavía –como todo libro raro- anda en busca de lectores y críticos cómplices, por decirlo de un modo famosamente cortazariano.

El lector había seleccionado algunos poemas de ese libro como material para sus clases de Comprensión de Venezuela, porque quería comenzar su paseo nacional desde Angostura. Ni en las antologías más célebres ni en los estudios sobre poesía venezolana consultados encontró una mención al libro de Sanoja que valiera la pena. Especuló sobre las razones de ese descuido. Pensó en las frecuentes desatenciones de la crítica, en los cánones transitorios y dio gracias a los verdaderos poetas por escribir siempre “en una lengua extranjera”, como alguna vez lo dijo Marcel Proust, hablando de crítica y literatura. Pensó también que si bien el texto de Crespo penetra con lucidez y regocijo en el paisaje de La mágica enfermedad y en sus imágenes vegetales y mineras, el lector avisado (o pervertido) por la estética de la recepción, observa ahora que el breve reparo final que Crespo le hizo a los poemas de Sanoja constituye para él uno de los mayores atractivos del libro releído casi cuarenta años después de su primera edición.

El lector tomó nota y transcribió: “Tal vez La mágica enfermedad adolezca parcialmente de excesivo formalismo. A veces el libro se resiente de una abundosidad retórica e impide que sigamos en constante asombro. La elegancia sucumbe de pronto ante ropajes extraños, usados en medio de un paisaje donde lo primitivo, lo originario, el color salvaje, impiden los usos cultistas. Lo legítimo en el libro reside en el propósito de erigir un lenguaje poético vegetal y mágico, dicho a partir del continente, de lo nacional”. Fascinado por el barroco de Sanoja, por los giros herméticos que le recuerdan al siglo de oro y por la mirada gongorina a los pájaros del Orinoco, el lector retuvo una frase del párrafo transcrito y la anotó para resolver su nuevo acercamiento a La mágica enfermedad: “Ropaje extraño”. Vino a su memoria, primero pura, vestida de inocencia y después la fue vistiendo de no sé qué ropajes. Mezcló a Crespo con Jiménez, quienes por poetas -no por críticos-, le dieron las pistas, y se quedó con Lezama y con los atavíos verbales de Sanoja. Creyó encontrar en éste a un adelantado de lo que en los noventa comenzaría clamorosamente a llamarse neobarroco, más por afán argentino de establecer tendencias, que por certeza literaria y le dio, entonces, la razón a su amigo Gonzalo Ramírez. Así, leyó de nuevo con infinita fruición el poema Pájaro y lo encontró espléndido:

Allá va el azulejo entre montes y aparejos,
el minue muerte en su ala es aguja, fibra pequeña
de su canto maltrata insectos silvestres, piñas de color.
Allá va el tucusito rondando su corazón de magia
y lanzando en tijera, en pico, en agradable pluma
sobre un sueño que choca, gongorino, en el verano.
Allá rasga el perico gorgorán de cielo, falsifica
sombras para lanzas de escarmiento, verdes amores.
Allá cierra ojo un moriche y desentona y deshilacha
y a medianoche en sepulcro lila, final de elipsis,
y vuelve de mañana con cuerdas de Bach en el trino.
Allá dóblase el turpial en gonzalito, la trenza farsante
anúdase en locura, evidente cava de deseo, peligro.

Allá va lo elevado, latido de los ángeles, más, más
inquina en el espacio, invento del tiempo sobre matas
para instalar ritmos por detrás, arriba, en las señales,
mientras la música troza corolas y pone fuegos y perfumes.
Más tarde, releído el libro por completo, el lector pensó que estaba en presencia de una de las obras más importantes de la poesía venezolana y que su inepcia como crítico no le impedía seguir buscando adhesiones para su entusiasmo. Pensó en una crítica que volviera su mirada hacia las vísperas perdidas y se asombrara de lo que no se asombró en su momento. Pensó en la crítica como autocrítica (así la quiso en una ocasión Julio Miranda) y fantaseó con una Comprensión de Venezuela fundada sólo en la lectura de poemas, sin propósitos escolásticos, sino con la entera libertad del riesgo y la aventura. Supo que no estaba pensando en nada nuevo, pero que tampoco se trataba de innovar, sino de recuperar el viejo modo afectivo de acercarse a la literatura para que fuese ella -y no nosotros- la encargada de deletrearnos. Pensó en tantos estudios críticos banales y superfluos, pero no los desechó por temor a tener que enmendarse algún día. La buena escritura nunca es banal, se dijo, aunque su tema lo parezca, aquí y ahora.
Retornó a su tarea inicial de preparar el programa de la asignatura con la cual pretenderá, sólo a través de imágenes poéticas, la difícil comprensión de su patria. Escribió "Orinoco" y también los nombres de Sanoja, de Pineda, de Alarico, de Sánchez Negrón, de García Morales, de Sucre, de Luz Machado y de Mimina, a sabiendas de que iría descubriendo tras cada imagen, otra y otra y otra…y muchos mundos distantes, inabarcables y desconocidos.