domingo, enero 29, 2012

Décimo tercer aniversario de la UNEY

Chema Madoz. Arco

Su breve recorrido académico está signado por un amplio espíritu humanístico, nada frecuente hoy en las casas de estudio del país. Sus nobles desafíos intelectuales frente a las incomprensiones y la medianía, su audacia contra el espacio hostil y la tozudez fascista, su afán de formación para la libertad, la creación y el diálogo;  y su capacidad de resistir todos los embates (aún los que parecen definitivos, ciegos y sordos), son rasgos que la identifican a lo largo de estos trece años, felices y duros, a la vez.

La UNEY pasa con regocijo y orgullo (y cierta majestad, todo hay que decirlo) por el arco de libros y literatura, de ciencia, imaginación y arte, que, desde el 29 de enero de 1999, marcó su entrada a la educación universitaria de Venezuela y el mundo. Allí, entre los libros, está su alma, lejos, muy lejos de mustias autoridades "in partibus", incapaces, por fortuna, de invadir los intangibles.

Celebramos la fidelidad, la confianza y el apoyo valiente de sus amigos, estudiantes, docentes, obreros y personal administrativo. Celebramos la voz de quienes, no oficiales, pueden hablar por ella, con la frente en alto, en todos los escenarios, incluidos los domésticos. 

Desde las luces de afuera (y de adentro, porque todavía las hay) saludamos la historia verdadera de la UNEY, que persiste sobre la apócrifa de estos meses sombríos.

¡Feliz cumpleaños UNEY!

domingo, noviembre 20, 2011

La guitarra y los hijos de los hijos de la ira

Los hijos de la ira ya se han ido. A los hijos de los hijos de la ira, según el poeta Ben Clark (Ibiza, 1985), se les dijo que eran hijos de la bonanza y él añadió: "herederos de todos los despojos". Sin embargo, tocan la guitarra, porque a ella, a la guitarra española, como dijo Lorca, "es imposible callarla". Por encima de cualquier desastre, suena. Y suena resistente, femenina, eterna:
http://www.youtube.com/watch?v=2oyhlad64-s

miércoles, noviembre 09, 2011

Tomás Segovia me visitó esta mañana

Tomás Segovia. Foto: JB

A veces no me lo creo, pero lo que me ocurrió esta mañana parece una prueba irrefutable. No tengo más remedio que admitirlo: el azar concurrente es la forma más armoniosa y exacta de comunicación poética. Desde las seis, antes de leer a María Zambrano y de enviar algún tweet sobre la aurora, estuve tratando de conseguir libros de Tomás Segovia, porque amanecí pensando en él, en su efusiva poesía sobre la luz. Especialmente en un verso en el que  esa luz se convierte en pan de cada día. Entré a la biblioteca de Babel y nada. No se asomaba por ningún estante el bello poeta del perenne exilio. Cuando a punto estaba de desistir, mis ojos dieron con un lomo azul y blanco que de inmediato supe que era la Casa del Nómada.  Lo abrí y reconocí con dolor algo que mi memoria había borrado: ese volumen, por mi incuria, no se recuperó de la mojada que una vez sufrió, y aunque sus hojas no se pegaron, hoy es un manojo de arrugas, para incomodidad de mis dedos y mis ojos. Pero el rezongo duró apenas unos segundos porque el poeta me habló desde una de sus páginas, en prosa, y me dijo: "Ahora que va a hacerse adulto el año, hay cada día una hora en que la vida no ha empezado". Y salí feliz del laberinto (que otros llaman el universo), con la dicha en los labios, repitiéndome gozoso viejos versos de Segovia leídos hace años...
Pasaron unas dos horas y el poeta de Anagnórisis seguía rondando mi memoria. Pensé en escribir algo sobre su poema Besos, por el verso final, incandescente. Nada más. Y me fui después a un libro de María Zambrano, otra presencia tempranera de este día. Al dejarla a ella, abrí la máquina para leer la edición digital de El País. Y leí, leí el titular que anuncia que Tomás Segovia murió hace pocas horas en México. Tenía 84 años y había tomado café conmigo esta mañana, acá, en mi cuarto, donde sentí las ondas serenas de su despedida. Sé que hoy encontraré sus otros libros. Mientras tanto, va este poema, para compartir con mis amigos el asombro y las sorpresas:

BANDERA

Mi tienda siempre fuera de los muros. Mi lengua aprendida siempre en otro sitio. Mi bandera perpetuamente blanca. Mi nostalgia vasta y caprichosa. Mi amor ingenuo y mi fidelidad irónica. Mis manos graves y en ellas un incesante rumor de pensamientos. Mi porvenir sin nombre. Mi memoria deslumbrada en el amor incurable del olvido. Lastrada en el desierto mi palabra. Y siempre desnudo el rostro donde sopla el viento.

Tomás Segovia (España, 1927- México, 8/11/11)

P.D: Tomás Segovia, un poeta luminoso y hondo, habitante del reino de la imagen, murió hoy en una de sus patrias: México. Había nacido en España, en el año 1927. Le memoria de su obra literaria mantendrá su sabia y serena mirada entre nosotros.

Ayer en mi facebook publiqué la nota anterior. Entre otros comentarios, hubo estos:

FCC: Tomás Segovia, poeta siempre, para no incurrir en la grandilocuencia de llamarlo "poeta total", fue también un estupendo ensayista y traductor. Los lacanianos de América Latina y de España le deben muchas de las traducciones del gran psicoanalista francés. En el año 81 estuve a punto de conocer a Segovia, precisamente, en un coloquio sobre Lacan, en el DF. Segovia no llegó. Había viajado a España, donde nació y de la que salió a los 13 años, para convertirse para toda la vida en mexicano, sin abandonar su amor por su lugar de origen. No lo conocí, pero busqué libros suyos que no tenía entonces. Así, descubrí al gran ensayista y estudioso de temas áridos que su pluma convertía en amables. Q.E.P.D
CÉSAR SECO: Lo leí en la PLURAL que dirigió con algo más que acierto Octavio Paz, Cinco sonetos votivos, recuerdo, de un erotismo que sin eludir lo carnal cifraba una manera clarísima (como esta mañana en que lo recibiste) de estar en el mundo, sintiéndolo y haciéndolo, en cada instante y cada hora. Después el poeta Ramón Miranda me acercó a su magnífico libro Casa del Nómada.
FCC: Qué bueno, César, que recuerdes los cinco sonetos votivos que salieron en Plural. Creo que son los mismos que recogió después en Casa del Nómada. Excelentes. Cantos al cuerpo y al amor. En Figuras y Melodías publicó muchos otros sonetos de la misma índole y belleza. Y ya que hablamos de esa composición, no debe olvidarse que Tomás Segovia experimentó la iniciación en la métrica, como todo buen discípulo de la tradición literaria, como todo buen maestro. Cultivó el oficio y pudo darle rienda suelta a su amor por la palabra. Cantó, amó su ritmo y ritmó sus acciones, como aconsejó Darío, otro iniciado en el taller del verso.    



martes, noviembre 01, 2011

La despersonalización del poder


No creo, pues, que nada ni nadie hayan recibido una misión divina que cumplir; es decir, la política es secular o no es política. Si a la política se la reviste de simbolizaciones sacras, entonces estamos camino del totalitarismo

Agapito Maestre (El vértigo de la democracia, 1996)


Cuentan que un día de 1930 varias madres fueron de visita al Kremlin con sus pequeños hijos. Se trataba de un desayuno con el jefe absoluto, quien había dispuesto para sus invitados generosas atenciones. Al salir, uno de los niños preguntó: “Mamá, ¿por qué es tan amable el camarada Stalin?”. La respuesta, lacónica y precisa, se apoyó en la ventaja argumental que otorgan las tautologías y terminó siendo todo un tratado sobre el poder: “Porque es el camarada Stalin”.

Nada habría que agregar ante la redondez de esa constatación irrebatible, si no fuese necesario hacer la salvedad de que la sacralización del poderoso reviste en cada caso diversas particularidades. Así, no se requiere ser Stalin para provocar una respuesta como la transcrita. También un presidente democrático puede concitar adhesiones de esa índole, porque no se trata sólo de la persona ni de la forma de gobierno que consideremos en un momento dado. Se trata también del cargo en sí mismo, de la Silla Presidencial o de la Corona, convertidos en abstracciones que confieren automáticamente potestad y sabiduría a sus depositarios.

Una tradición milenaria en el mundo y cinco veces secular en América Latina (más larga si incluimos al tatloani precortesiano) registra múltiples casos de gobernantes –autoritarios o no- que también fueron “educadores”, “sanadores”, “polifacultos” y “oráculos”. La literatura, con mayor efectividad que la ciencia social, nos ha presentado la esencia y los detalles de ese teatro, tras cuyos bastidores se mueven arquetipos y atavismos. Shakespeare, Camus, y buena parte de la novela hispanoamericana, suplen con profundidad, gracia y permanencia, el vacío explicativo que han dejado muchas teorías “rigurosas” sobre el poder y el personalismo, postuladas desde estratos académicos. Enrique Krauze, en quien se unen el talento literario y la inteligencia del historiador, demostró con su trilogía sobre la historia política de México, que se puede escribir acerca del caudillismo, sin pecar de reductivo. ¿Cómo lo hizo? Reivindicando un género y escribiendo así la biografía de los poderosos, sin temerle a la simplista acusación de carlyleano. Entre nosotros, Manuel Caballero lo ha hecho en forma análoga –y brillante- con Gómez y ahora con Betancourt. De esa manera los memorables libros de Díaz Sánchez (Guzmán, elipse de una ambición de poder) y de Picón-Salas (Los días de Cipriano Castro) van dejando de estar solitarios en la bibliografía venezolana sobre el tema, digna de ser mencionada y releída.  

El actual presidencialismo constitucional venezolano, sustentado en una tradición republicana de personalización del poder, presenta los símbolos clásicos del mismo. Así, nuestros presidentes ocupan el vértice de una pirámide, desde la cual se dirige y divisa al país, aun en estos tiempos de descentralización que avanza lentamente sin comportar una ruptura efectiva con el esquema centralista. Los gobernadores son aún agentes del Ejecutivo Nacional en sus respectivas jurisdicciones y las finanzas estadales dependen todavía del situado constitucional. Se sigue creyendo que el presidente debe estar enterado de todo y resolverlo todo, pese a las modificaciones que la estructura administrativa haya experimentado en algunos ámbitos. El Ministerio de la Secretaría de la Presidencia tutela un amplio elenco de institutos autónomos y de fundaciones públicas, lo que significa nombramientos y rendiciones de cuenta concentrados directamente en Miraflores. Hace algunos meses Eduardo Fernández nos recordaba, fundamentándose en dispositivos de la Constitución de la República, que elegir Presidente es elegir al jefe del Estado, al jefe de la política exterior, al jefe la hacienda pública nacional y al comandante en jefe de las fuerzas armadas, entre otras jefaturas, de las que quizá no deban excluirse las de muchos clubes y numerosos condominios. Si a ello añadimos el halo sacro que pervive en la figura del Presidente, estamos eligiendo a alguien más que a un funcionario público.

Sin que el Presidente sea visto como el detentador exclusivo del poder, y sin que posea la personalidad suficiente para imprimir el sello de la misma a su gobierno, un Presidente de la República, por más mediocre que sea, no deja de irradiar entre nosotros una fuerza especial, aún estando atado sólidamente a una determinada organización política. Es lo que Daniel Cosío Villegas llamó “el estilo personal de gobernar”. Sabemos que la Constitución del 61 consagró una democracia de partidos, no de Presidentes como en México, donde el PRI no mandaba sobre el Presidente, sino al revés. Sin embargo, en Venezuela, aún en las etapas del predominio bipartidista, la figura del Presidente destaca de una u otra forma. Rómulo Betancourt gobernó con su partido, en principio en alianza con Copei y URD y luego sólo con el primero, pero ese período estuvo marcado por su personalidad, más que por las maquinarias que lo secundaron y sustentaban. Su elección en 1958 se debió en buena medida al liderazgo personal que indiscutiblemente ejercía en el país. Recordemos que ejercer ese liderazgo dentro de Acción Democrática era ejercerlo sobre un alto porcentaje de venezolanos. Era un Betancourt rodeado de leyendas, tanto doradas como negras. Recuerdo todavía la especie popular de la pipa ensalmada de Rómulo o de su alma vendida a algún espíritu, única razón que explicaba –para algunos- la circunstancia de que se hubiese salvado del criminal atentado de Los Próceres. Betancourt, brujo o embrujado, era una conseja repetida de boca en boca, pues como se sabe las supersticiones populares no conocen los límites de la razón. Es el pueblo leyendo, también en clave mágica y secreta, sus avatares políticos.

En el establecimiento de responsabilidades y en la búsqueda del culpable, la figura del Presidente es el blanco exacto del común y de las élites. La extraordinaria experiencia venezolana de 1993 ilustra de modo apabullante cómo, en un momento dado, creemos que sacando al Presidente, solucionamos los problemas. ¿Si despersonalizamos el poder, no estaremos evitando la frustración de toparnos con un sustituto al cual también vamos a querer echar más temprano que tarde?

Lo que debe preocuparnos no es que la Presidencia de la República mantenga cierta aureola mítica y una majestad difícil de borrar. Tampoco, que no tengamos Primer Ministro o a alguien en quien descargar nuestro rechazo, sino que quien ocupe la Presidencia no ceda a la tentación del autoritarismo o de la personalización del poder. La democracia se desacraliza o se acaba. Desacralizarla pasa, forzosamente, por un amplio proceso de participación de la comunidad, por cambios sustanciales en la distribución de las competencias públicas. Si bien es cierto que los historiadores apuntan hacia una línea constante de personalismo en la vida política del país, no lo es menos, que también existe una tradición llamada por Augusto Mijares, en un libro más vigente que nunca, “la tradición de la sociedad civil”. El libro es, desde luego, La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana, una magistral refutación de la teoría de las desgracias. Profundizar la democracia no es traspasar el poder de unas élites, duchas en el pragmatismo, a otras élites cultas, gerenciales e hipercríticas. Es explorar una auténtica participación de la sociedad en la política, sin tenerle miedo a los cauces abiertos de la democracia. Iba a decir “del pueblo”, pero el populismo nos expropió esa hermosa expresión hoy marginada del lenguaje político.

La tentación del poder no concluye, necesariamente, en la tentación totalitaria, pero es el paso previo para ello. Mientras más se endiosa al gobernante, más fácil es transitar el camino hacia los autoritarismos y las dictaduras.

Que nuestros actuales candidatos presidenciales tengan en cuenta estas sabias palabras de María Zambrano: “…cuando se llega al poder, para que su ejercicio alcance plenamente el nivel moral, es necesario deshacer este ensueño de sí mismo. Y entonces lo que se tiene que desprender es uno mismo. Se trata no de una objetivación, sino de algo mucho más difícil: de un desprendimiento. El que logra llegar al poder –en cualquier aspecto histórico- tiene que desprenderse de él, al mismo tiempo que lo ejerce”.

Freddy Castillo Castellanos, 9 de julio de 1998.

(Este artículo fue publicado en un suplemento del Ateneo de Caracas en el diario El Nacional, en el mes de julio de 1998)

domingo, octubre 23, 2011

UNEY: Las consecuencias de una resolución que nunca resolvió nada

Los hechos acaecidos con posterioridad a la ilegal e inconstitucional designación de nuevas autoridades para la Universidad Nacional Experimental del Yaracuy (UNEY), publicada en Gaceta Oficial No. 39.748 en la resolución 1.374 del Ministerio del Poder Popular para la Educación Universitaria, sólo vienen a confirmar las intenciones de controlar y “entrar a saco” en la UNEY por parte de la jauría politiquera local, con apoyo, esta vez, de altos funcionarios del MPPEU.

En un inicio de actividades que aparentaba normalidad, tras la infeliz decisión del MPPEU, el día 15 de septiembre la UNEY reabre sus puertas para el inicio de actividades administrativas, en tanto que las académicas se iniciaban el 19 del mismo mes. Las personas designadas aparecen en las oficinas del rectorado, presionando por la entrega sin haberse juramentado y sin esperar los tiempos de ley.

El 16 de septiembre en reunión con el Viceministro de Desarrollo Académico del MPPEU, Rubén Reinoso, se adelantó información acerca de los planes del Ministerio, entre otros, la conformación de los Subcomités Regionales de Educación Universitaria. Asimismo el mencionado funcionario expresó el reconocimiento que desde el Ministerio se tiene de la gestión y el trabajo de la UNEY, dejando en claro que el cambio no respondía a una ninguna valoración negativa de la universidad, sino a una "estrategia política", que se limitó a exponer de una manera vaga e imprecisa. Reinoso afirmó, además, que no habría elecciones "en las actuales circunstancias del país y en el contexto de la Ley de Universidades del 70", como si en la UNEY se hubiera pretendido alguna vez desconocer la establecido en la novísima Ley Orgánica de Educación, que permite, como todos saben, un universo electoral universitario democrático e incluyente.

El 22 del mismo mes se realizó una asamblea, donde funcionarios de la Consultoría Jurídica del MPPEU hablaron e insistieron en la potestad de la Ministra Córdova para realizar los cambios. Dijeron además, que los temas planteados por estudiantes, profesores, administrativos y obreros, debían ser respondidos por la propia Ministra Córdova. Las personas designadas como autoridades se limitaron durante la reunión a establecer distancia con la comunidad uneyista y dejando entrever sus planes de sectorizar a los trabajadores de la UNEY, desconociendo así a la Fundación La Comuney, única instancia universitaria en el país que reúne en un mismo seno a docentes, administrativos y obreros.

El día viernes 23 de septiembre la comunidad uneyista se quedó embarcada esperando al Viceministro Reinoso quien había empeñado su palabra en la reunión del día 16, visita que había sido confirmada por el grupo de avanzada del MPPEU en la reunión del día anterior. Los estudiantes inician ese día una toma cultural del rectorado en espera de las autoridades del MPPEU.

El día martes 27 de septiembre con el asalto a las instalaciones del rectorado, perpetrado conjuntamente por la policía del Estado Yaracuy y los funcionarios designados como nuevas autoridades en la írrita resolución del MPPEU, se confirmaron una vez más los oscuros vaticinios de muchas personas que advirtieron acerca de la falta de escrúpulos con que suelen actuar las bandas politiqueras que tuvieron a su cargo la toma por la fuerza de la UNEY. En esa acción se violentaron cerraduras, cambiaron llaves y pusieron fuera de línea equipos contentivos de información de la universidad. Este acto fue llevado a cabo sin ningún procedimiento y contraviniendo toda norma legal. No obstante, al día siguiente se presentó el Viceministro de de Desarrollo Académico, Rubén Reinoso, negando que hubiera habido allanamiento ni procedimiento ilegal alguno, ante el asombro de los numerosos testigos presenciales del asalto policial.

Posterior a esa acción y para completar el dominio total de la institución, el día 29 de septiembre, y contrariando la palabra que el Viceministro Reinoso empeñó en su visita a la UNEY el 16 de septiembre (en la cual indicó que no habría remociones, destituciones, ni “cacería de brujas”) fueron removidos de sus cargos el Jefe de Servicios Generales, el Consultor Jurídico, la Jefa de Recursos Humanos, el Jefe de Planificación y Presupuesto y el Director de Informática. Seguidamente, el día 06 de octubre los interventores procedieron a la destitución del Coordinador del Espacio Académico Ciencias del Deporte, hecha por la rectora designada, por orden directa del Viceministro Reinoso, y en desconocicmiento total de la potestad del Consejo Universitario como máxima autoridad de la institución.

Sin embargo, no fue si no hasta el 11 de octubre en declaraciones al diario Últimas Noticias, que la Ministra Córdova rompió el silencio mediático sobre el caso UNEY, hablando de que según su apreciación las carreras dictadas en la universidad no son pertinentes y del supuesto incumplimiento del rector Castillo en la organización de elecciones. Indicó además, sin rubor alguno, que no puede pedirles la organización de elecciones a las nuevas autoridades designadas.

Continuando con su oprobiosa conducta, los interventores de la UNEY en las últimas dos semanas han despedido ilegalmente y sacado de nómina a los jefes de Servicios Generales, Recursos Humanos, Auditoría Interna y a la asistente a la Consultoría Jurídica, estas dos últimas por medio de disparatadas y casi risibles resoluciones. Adicionalmente están realizando cambios de puestos de trabajo, sin tomar en consideración la experiencia de los trabajadores, ubicándolos en unidades que no corresponden a su perfil. Prohibiciones de acceso, amenazas y presiones a los trabajadores (sobre muchos de los cuales pesa la posibilidad de ser despedidos) rubrican los indignos actos de los interventores de nuestra universidad.

Todos los hechos referidos sólo vienen a acrecentar el memorial de agravios infligidos a la UNEY, desde donde seguimos aguardando por justicia, que no del altísimo, quien parece estar muy ocupado por estos días, sino de la justicia de los hombres, de los hombres y mujeres de bien.

martes, octubre 18, 2011

No fue un plagio a Borges. Fue a Cabrera Infante

 
 Borges, por Diane Arbus
Cabrera Infante


Mucho antes de Fernández Mallo, el juego borgeano sobre textos de Borges ya constituía uno de los muchos modos de homenajear (o profanar) al gran escritor porteño. En un pequeño y olvidable libro de ensayos publicado en 1984, el autor de este blog incurrió en esa práctica que algunos todavía creen plagio, Kodama entre ellos.

Con ironía avant la lettre, debo informar que el hipotexto borgeano de Incisiones (así se titula ese viejo librito) era, precisamente, una hermosa dedicatoria a María Kodama. Mi ironía (la de entonces, no la de ahora) consistió en presentar expresamente la dedicatoria que hice a mi padre, no como un plagio a Borges, sino a Cabrera Infante. Copiaba el recurso, no el texto.  Eran dos homenajes en uno. O tres (incluía a Kodama de modo oblicuo) o hasta cuatro, porque, desde luego, allí estaba mi padre, inocente en todo eso.  

Transcribo el cuerpo del delito, protegido de las amenazas de Kodama, no sólo por la prescripción de una posible causa legal, sino por el desconocimiento absoluto de este remoto y pequeño antecedente de “plagio” que se defendió a sí mismo con una anticipada y socarrona confesión:


IMPRESIÓN

Del número de hechos indescifrables que conforman el mundo o el decurso de las horas, la dedicatoria de un libro no es precisamente el menos esotérico. Se la aprecia como un tributo, una gracia. Abstracción hecha de la displicente moneda que la costumbre cristiana deposita en la mano del miserable, todo presente auténtico es mutuo. Quien da no prescinde de lo que da. Entregar y recibir son lo mismo.

Similar a cualquier acto del cosmos, la ofrenda de un libro es un ritual. Aun podría considerarse como la manera más nítida de decir un nombre. Yo digo en este instante el suyo, José Manuel Castillo Díaz. Cuántas alboradas, cuántas lluvias, cuántas vegetaciones del Este y del Oeste, cuántos poetas.

FCC
Barquisimeto, 8 de julio de 1983.

(La dedicatoria de este libro no es, como algún lector atento podría creer, un plagio a Borges. Es un plagio sí, pero a Cabrera Infante. Interesados revisar el epílogo de Exorcismos de esti(l)o).
                                             


sábado, octubre 08, 2011

Foto de familia en los cincuenta

 
LA 17
Este es el estrecho desfiladero de la escolástica.
Unos metros más allá sale Reyes Yánez con sus libros.

Ya hemos pasado la casa del hierro que Ananías cuida por las noches.

Este es el viejo bufón de la corte de San Juan
que dice estar loco como siempre.

Por esta ventana puedes asomarte a la Edad Media.
No te asustes. Es Fata Morgana
que despierta.

Este es el camino de regreso,
la orilla donde está la señora de las aves.
Con ella comenzaba el antiguo ritual de los almuerzos.

Esta es la clínica de los odontólogos
que se precipita en diagonal hacia Sicilia
(“Se hacen y se componen”, según el inquilino).

Esta es la esquina de don Jacinto.
A las dos en punto,
al borde misterioso de la acera está Gonzalo.
Espera a los amigos.

Este es el sitio exacto para mirar el cielo
cuando mi tío llegaba del mercado.

Y ésta, por fin,
es mi casa,
collado azul
frente al zaguán.

Los cuatro estamos atentos,
aunque yo haya desviado la mirada.
 
Si te fijas bien,
los ojos nos delatan.

Guillermo Sucre y la casa que dejamos un día

Guillermo Sucre en un poema memorable habla de la casa que dejamos un día y que no volveremos a ver, como si fuese una nave segada por el fuego.

Porque me constata un hecho ineludible, tengo por sabio ese bello poema de Sucre: las casas idas o dejadas son las sombras de un difícil reino que sólo -y muy pocas veces- recobramos con palabras.

martes, agosto 16, 2011

Edgar Abreu esta mañana en el parque


Una mala noticia nos esperó hoy después de la caminata. Habíamos visto un hermosísimo cardenalito en el Parque del Este. Casi increíble, con un penacho rojo imponente. ¿Qué nos anunciaba esa bella imagen? Lo sabríamos un poco más tarde.   Una llamada del Turco Najul, quien a su vez había recibido la noticia de Enrique Ron, nos informó de la muerte de Edgar Abreu, nuestro querido amigo y compañero de trabajo.

Edgar falleció anoche, poco después de las 8, en Margarita. Allí vivía,  tras  su último y feliz  matrimonio. Combatió con un cáncer a lo largo de cinco años, pero no pudo más. El cuerpo va buscando sosiego para el alma y llega el momento en que lo encuentra.

Dos amores lo acompañaron en estos años: el de la UNEY y el de Elisabeta, su  esposa. Creo que el cardenalito que esta mañana vimos en el parque era Edgar, libre y radiante, reconciliado con el mundo, en paz con todos y consigo mismo.

Desde anoche estaba Cuchi angustiada por Edgar. Me lo dijo y hablamos de Elisabeta. Por eso esta tarde, ya sereno, puedo hacer la lectura de esos hilos secretos. Esas lecturas -no hay más remedio- siempre son lecturas poéticas.

Escribí el obituario de la UNEY que saldrá mañana en la prensa local y nacional. También hice una breve nota para nuestra página web que ya está colgada en el blog Duelos y Quebrantos:  http://wwwconuqueando.blogspot.com/2011/08/edgar-abreu-olivo-en-la-uney.html  No mucho se debe decir y escribir en estos momentos tan cruciales.

Miradas y palabras suyas nos ayudan y ayudarán siempre, sólo porque supo transmitirlas con afecto y en el momento  oportuno.

Gracias, querido Edgar, por esa especial cercanía.

miércoles, julio 27, 2011

Buenos días

Escribo este post como intento de retorno a la vieja costumbre de hacer en él anotaciones anodinas.

Ligero de equipaje, apenas con una taza de café, les doy los buenos días.

lunes, julio 25, 2011

La cocina tradicional


1. Entiendo acá por “tradición” las diversas expresiones culturales que recibimos del pasado. Muchas de ellas están en nosotros sin que nos hayamos percatado del todo. Somos, en rigor, un conjunto de tradiciones que incluye hábitos, ideas, técnicas, lugares y recuerdos.  Algunas, de tanto sabidas, las hemos olvidado. Por eso, de vez en  cuando las redescubrimos o creemos estar inventándolas. Son los riesgos habituales de la desmemoria.

Hablo de una tradición viva, no de un ámbito de piezas arqueológicas o museísticas,  montado exclusivamente para la contemplación y el orgullo de la Patria. Hablo, además, de unos saberes aptos para ser enriquecidos o mejorados. Incluyo, asimismo, todo cuanto nos duele de ese pasado, como sus frustraciones y miserias. Una herencia cultural no la podemos recibir a beneficio de inventario. Se la recibe toda o siempre quedará algo pendiente por resolver, con las onerosas consecuencias de los intereses acumulados. Por eso, Mariano Picón Salas, nuestro lúcido ensayista, hablaba de “soportar la Historia con sus ejemplos estimulantes y su adversidad aleccionadoras”.

Si le somos fieles al sentido etimológico del vocablo “tradición”, no tenemos  por qué andar explicando esto. “Tradir” es transmitir y todo acto de transmisión de cultura demanda un destinatario capaz de recibirla, mantenerla, reformarla e incrementarla. Así, la expresión “cocina tradicional”, que da título a estas notas, comprende no solamente la que se hizo antes, sino también la que seguimos haciendo después de recibir múltiples influencias en el decurso del tiempo.  Algunas modas maltratan ese acervo  o lo ocluyen, simplemente, lo que termina siendo tan lesivo como lo primero. Cuando esto ocurre, no se trata nada más de estar dispuesto a aceptar un legado, sino de ir a buscarlo donde éste se encuentre,  y de defenderlo, con pasión y sensatez.

2. El dilema de “cocina tradicional o invención culinaria” es un falso dilema. Los enunciados de esa supuesta dicotomía no contienen conceptos que se excluyan entre sí. Forman parte de un proceso vivo que armoniza lo viejo con lo nuevo. Decía Jean François Revel que “el arte del cocinero consiste en saber qué es lo que se puede rescatar de las viejas tradiciones sin traicionarlas”. Claro, es un arte y no todos los cocineros lo alcanzan. Una cosa es la mezcla sin cohesión o las fantasías delirantes de ciertas fusiones, y otra la combinación imaginativa y amable de los buenos cocineros, tanto los de la mesa pública como los de la doméstica. Estos saben cruzar la gramática de la tradición culinaria con la de una sabia experimentación. No podemos afirmar lo  mismo de ciertas prácticas a las que algunos son dados, con más afán de teatro etnográfico que de gastronomía y haciendo siempre abstracción de los contextos. La cocina de las etnias que ocupan las tierras amazónicas ha sido, por cierto, una de las más socorridas por este interés circense.  

3. La cocina tradicional es también un efectivo instrumento para acompañar políticas de soberanía en materia alimentaria. Frente a la cocina basura, globalizada a más no poder, puede apelarse a nuestras cocinas caseras, familiares y campesinas. Apelar a ellas en modo alguno debe comportar el cerrarse a cambios o el vedarnos la interculturalidad gastronómica, siempre vigente, efectiva y beneficiosa y cuya impronta favorable la hemos sentido los venezolanos desde hace muchas décadas. Un pueblo que conozca y estime su tradición culinaria tiene ganada buena parte de su batalla por la soberanía. Basta recordar los viejos olores y sabores para que se active en nosotros la identidad de un paisaje que nos pertenece y al que pertenecemos.

sábado, julio 23, 2011

Londres, el laberinto roto de Borges


16-04-03: Era una tarde de invierno y ella comenzaba a aparecerse. Desde el suburbio que nos sirvió de acceso, la ciudad presentaba sus señas. No era el esplendor imperial ponderado en los libros, pero si el aura que muchos le atribuyen. La neblina había desaparecido (o la habíamos dejado atrás) y la sobriedad de la luz sobre los pocos colores se repetía en cada tramo con algún encanto. Yo buscaba, sin éxito, el nombre de las calles. Mi memoria no cesaba de encontrar imágenes que mis ojos corregían de inmediato. Como se sabe, la leve frontera de la realidad y la ficción se cruza siempre en un abrir y cerrar de ojos. Y así, fuimos entrando. Cuchi empezó a reconocer viejos parajes, mientras Martín disfrutaba del encuentro, callado, risueño. Cuando pasábamos por Chessington divisé ¡por fin! el nombre de una calle: “Disraeli”. La mirada voraz siguió indagando y quiso abarcarlo todo (casas, esquinas, árboles), pero sin olvidar el admirable nombre con que se había topado. Me dije entonces: buen augurio, si una tarde de invierno un viajero... No distinguí más nombres. Alguna ráfaga de páginas conocidas me habitó por unos segundos. Seguíamos avanzando por lo que yo creía todavía las afueras. Y de pronto lo vi. Vi con asombro un laberinto roto: era Londres.

sábado, junio 18, 2011

Borges, autor de Borges

Una de las genialidades póstumas de Borges, para mayor gloria de su talento, es una clamorosa "creación" literaria: un poema suyo que no es suyo.

Copiado, reproducido, enmarcado, leído, recitado, exhibido, imitado, clonado y repetido por innumerables personas y mediante diversos medios de difusión, el poema titulado Instantes (jamás escrito por él), forma parte de una estupenda broma "borgeana", digna de figurar en cualquiera de sus páginas. Es más, pienso que se trata (no el poema, sino el contexto de su recepción) de una versión inédita de Pierre Menard, autor del Quijote

Desde el día en que Yeo Cruz me mostró en la capilla del Museo de Barquisimeto la página de una revista literaria que se ufanaba de haber publicado el “último” poema del inevitable argentino, percibí un evidente aire de impostura alrededor del ahora célebre texto. En efecto, el poema Instantes que leí en esa ocasión (y que luego vería en muchísimos sitios) no podía ser de Borges. Algunos años de lectura y de visitas cotidianas a las obras del querido escritor me permitían no sólo dudar de la supuesta paternidad, sino afirmar rotundamente que Instantes no había sido escrito por Borges.

Lo repito ahora, pero no sobre la base de un análisis retórico como entonces, sino apoyado en la certeza que ofrece la documentación acumulada por algunos detectives literarios. Me refiero a uno de ellos en particular: Iván Almeida. Este estudioso, integrante del Centro de Estudios Borgeanos de Dinamarca, dio hace algún tiempo con publicaciones norteamericanas donde el texto titulado Instantes figura como creación de otras personas. Y es aquí donde el asunto se vuelve “borgeano”. No se trata de un poema escrito por dos personas, sino de un texto sobre el cual dos escritores distintos se han atribuido la autoría en diversas épocas. Así, en los años cincuenta un señor llamado Dan Herold publicó ese mismo texto en la revista Selecciones de Reader Digest,  mientras que Nadine Stair lo hizo en los años setenta en un periódico de Kentucky. ¿Cuál de los dos es el verdadero autor? No saberlo todavía -y que ellos hayan aparecido en estas pesquisas- es lo verdaderamente digno de Borges, quien parece mover las piezas de todo este embrollo, como el Dios que detrás de Dios maneja de modo invisible a los pacientes jugadores de ajedrez.

Un verdadero lector de Borges sabe, sin apoyo testimonial o documental alguno, que Instantes no pudo haber sido escrito por Borges, ni en broma. Ya sabemos que las diversiones del argentino tenían la calidad sangrante de sus pseudónimos Gervasio Montenegro o Bustos Domeq, o incluso, de sus apócrifos particulares (Julio Platero Haedo, entre otros). Lo que sí podríamos atribuirle al porteño universal es el talento (y talante) para haber urdido una invención como la que nos ocupa, abstracción hecha de su valor escritural. Basta volver a las páginas insuperables de Pierre Menard, autor del Quijote, para confirmarlo.

Borges: autor de Borges, autor de Instantes.



martes, junio 14, 2011

El día que Borges murió


Me enteré de la muerte de Borges en una habitación del hotel Kristoff de Maracaibo, mientras intentaba escribir un poema a partir de un cuadro de Edward Hopper. Mis pequeños hijos Martín y Luisana jugaban con el tío Israel. Yo estaba de espaldas a un televisor que en ese momento transmitía noticias. Y de pronto la vi. Vi la pantalla del televisor reflejada en el espejo que tenía enfrente. Mostraban una foto de Borges. No tuve necesidad de oír. Al volverme para seguir la noticia, ya lo sabía: Borges había muerto. Eran, aproximadamente, las cuatro de la tarde. Llamé enseguida a mi casa de Barquisimeto para hablar con Cuchi. Un amigo, devoto de Borges, ya había intentado comunicarse conmigo, sólo para preguntarme: ¿Qué hacemos ahora?
No paré de hablar de Borges esa tarde y esa noche, con mis hijos y mi cuñado. Al día siguiente compré todos los periódicos que pude. Leí las declaraciones de María Kodama y las de un escritor argentino que se encontraba con Borges en Ginebra: Héctor Bianciotti. No me cansaba de repetir frases de uno de los espléndidos poemas en el que Borges habla de la muerte de su amigo Abramowicz. Recuerdo haberle dicho de memoria a Israel, en la barra del Stu Ricardo varios párrafos completos de El Aleph y de Las ruinas circulares. Pasados los años reparé en el borgeano detalle del espejo. Como saben los lectores, los espejos siempre "tienen algo monstruoso".

lunes, enero 10, 2011

Messi


¨Yo ero Messi. Tú ero Maradona"
(Olivia Castillo Rodríguez, el día que cumplió 3 años)

Admiro esta humildad:

Lionel Messi, que podría dárselas de Lionel Messi, no se las da ni siquiera de Maradona o Pelé.
Hace unos minutos acaban de anunciar que, contra todo pronóstico, ganó el Balón de Oro, por segunda vez consecutiva. ¡Chapeau!

lunes, diciembre 20, 2010

Las hallacas de 1957

Marcos Pérez Jiménez

Ese año en la casa de la 17 el niño Jesús llegó de otro modo. El 25 de diciembre mi hermana Elsy se levantó muy temprano, abrió el escaparate del cuarto de mis padres y sacó los paquetes que allí estaban escondidos. Después de hecho el correspondiente reparto, el disfrute de los juguetes apagó cualquier estupor causado por la inusitada revelación del misterio. Resulta que el 24 mis padres se habían ido a la clínica Acosta Ortiz porque estaba naciendo mi hermano José Manuel y se olvidaron de encargar a alguien del acto furtivo de colocar en nuestras camas, mientras dormíamos, los regalos del niño Dios. Pero bueno, Elsy lo sabía todo (quién sabe desde cuándo) y para mí ya era tiempo de enterarme. Lo cierto es que ese diciembre fue inolvidable por esos motivos. Yo había pasado los siete años y nueve meses de mi vida con una sola hermana y ahora, mientras el niño Jesús se iba para siempre, un hermanito se incorporaba a la familia.

La elaboración de los platos navideños fue también un acontecimiento especial. Mi abuela Ana, dada la avanzada gravidez de mi mamá, se trasladó desde La Concordia para ayudarla en sus menesteres culinarios. La recuerdo el 23 haciendo hallacas y chicha, amenizando la jornada doméstica con divertidas anécdotas tocuyanas y con el tintineo inagotable de su risa. De vez en cuando vienen a mí mente las imágenes de ese día y se quedan un rato acompañándome. No preciso colores, pero sí sabores. Así, las hallacas de mi abuela, en cuyo guiso la única carne que participaba era la del cochino, están de nuevo acá, en mi memoria. Y espléndidas, recreadas por Cuchi, también están en mi mesa del año 2010. La fortuna quiso que mi tío Oscar le confiara a Cuchi hace más de treinta años los secretos que Doña Ana tenía para componer el sagrado plato navideño.

Pero volvamos al 57. En las casas vecinas, la vigilia no se limitaba a las fiestas. Cierta inquietud, transmitida a la chita callando, gravitaba en el ambiente. Hasta en las conversaciones de algunos niños, surgía el tema. Mi amigo Amparo Segundo me preguntó una mañana si yo quería que Pérez Jiménez se fuera. Ante mi respuesta afirmativa, él optó por recomendarme la aplicación del viejo refrán: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Con seguridad, los dos hablamos por boca de ganso, expresando lo que habíamos oído en nuestros respectivos hogares, pero, sin duda, el hecho de que un niño de 7 y otro de 9 dedicaran unos minutos a hacer comentarios semejantes, era un elocuente indicador de que en Venezuela se estaba cocinando algo más que hallacas, aunque fuese en las trastiendas. El abusivo plebiscito que el dictador realizó para perpetuarse y burlar de ese modo una norma de su propia constitución, fue la gota que rebasó el vaso. El remedio le resultó peor que la enfermedad. No siempre la radicalización beneficia al radical. Muchas veces lo enceguece. El decreto convocando al plebiscito fue la sentencia de muerte del régimen. Laureano Vallenilla, en su libro Escrito de memoria, relata con indisimulado cinismo, los pormenores de esa decisión torpe y fatal, redactada por él y por Rafael Pinzón, en cuya casa de Los Palos Grandes, por cierto, seguramente se comieron las mejores hallacas tachirenses en la Caracas de 1957.

P.S: Deseo a todos los lectores de este espacio una feliz navidad y una vez más mi gratitud por su adhesión.

jueves, diciembre 16, 2010

Una nueva graduación en la UNEY


Escribo estas líneas antes del amanecer. Puedo percibir que el cielo está despejado y que muy pronto se iluminará el jardín. Buena señal. Mi aspiración es escribir un texto breve capaz de transmitir alguna emoción. Pienso que la brevedad es, precisamente, la mejor aliada para ese propósito. Puede, incluso, llegar a ser componente medular del discurso, no sólo porque evita el riesgo de las reiteraciones, sino también porque en sí misma representa un contenido o un mensaje más crítico y severo que cualquier juicio explícito, máxime si consideramos que entre nosotros se ha impuesto en algunos escenarios la tendencia contraria. Las peroratas largas y fastidiosas constituyen una falta ostensible de urbanidad y si sólo son dichas para obtener obediencia o mecánicos aplausos, además de antiestéticas, pueden resultar un insufrible castigo, si no se nos ha atrofiado el sentido del gusto intelectual. Así que aprovecharé la placidez de estos momentos para intentar la agrupación de unas pocas ideas compatibles con la naturaleza académica de este acto.

Esta sexta promoción de egresados de la UNEY nos encuentra en un momento clave para el destino de la universidad venezolana. Podría referirme al tema desde una perspectiva general y apuntar la gravedad del hecho de que ciertos nudos de la legislación vigente o algunos aspectos de la misma que podrían ser fuente para inmensas desviaciones, aún no han sido vistos y analizados con la debida sensatez. Me temo que tirios y troyanos mantienen una perspectiva anacrónica acerca de la idea de universidad. Unos la ven como un calco institucional de la república y que por lo tanto debe ser sometida a un régimen similar. No han avanzado mucho desde la reforma de Córdoba para acá y sacralizan figuras demagógicas propiciatorias de arreglos y de componendas, en un medio que todos sabemos no se encuentra preparado con suficiencia para desmarcarse de las nefastas prácticas electoreras y gremiales que han venido fortaleciéndose durante muchos años en el país y en nuestras casas de estudio. Otros la siguen considerando como un claustro cerrado, como una corporación aristocrática que sólo debe dar cabida a sus saberes especializados y que desdeña otras formas de pensamiento. Estos, por su parte, no han superado la edad media o en el mejor de los casos, el modelo napoleónico. Lo dejo hasta ahí, como signo de una disidencia o como anuncio de un tratamiento más desarrollado del tema para otra ocasión.

Referirme a la UNEY, sí me parece ahora apropiado, no sólo porque nos compete de manera directa. También porque podemos –y lo decimos con orgullo- ser una referencia válida a la hora de ponderar propuestas innovadoras en el ámbito universitario. Muchos planteamientos que algunos presentan como novedades o como mecanismos para la transformación académica, no sólo sirvieron para justificar la creación de la UNEY, sino que han sido el caballo de batalla de nuestros programas formativos y de nuestra organización interna. Lo que ayer se veía como ilusorio, romántico o hasta disparatado, hoy es visto por algunos incrédulos de entonces, como una necesidad para cambiarle el rumbo a las universidades adocenadas del país. La UNEY sigue siendo una formulación heterodoxa. En esta segunda década de su existencia, iniciada hace poco menos de dos años, hemos podido observar con satisfacción cómo el corpus conceptual que la alberga se ha hecho sustentable y vigoroso. Así, vemos que la supresión de figuras administrativas innecesarias que facilitaban perversiones orgánicas, hoy quiere ser emulada por algunos, tomándonos como ejemplo, si la mezquindad no lo entorpece. Igualmente, la apertura intercultural hacia saberes y metodologías no existentes en los currículos oficiales, dibuja un atractivo modo de asumir la diversidad. La llave maestra del abordaje integral del conocimiento nos ha permitido tomar en cuenta y respetar visiones hasta hace poco ausentes en el campus universitario y esto ha sido abrazado sobre todo por un público no convencional, que se encuentra reivindicado en amplios postulados como los que comporta el programa Darcy Ribeyro. Tal vez nuestros interlocutores más activos en estos objetivos de renovación han sido académicos de otros países. Sin embargo, abrigamos la esperanza de que cierta lucidez nacional enriquezca nuestra experiencia y no postergue por mucho más tiempo la indispensable conversación para evaluar y mejorar lo que estamos haciendo.

Un viejo apólogo nos enseña que el buen camino es siempre el más arduo. Lezama Lima mejoró ese aserto diciendo que “sólo lo difícil es estimulante”. Para compensar la certeza de sus postulados y los logros de su aplicación, ese rumbo correcto debe pagar un alto precio: la oposición tenaz de los conservadores y algo peor que eso: la feroz envidia que el mito de las Euménides representa. Durante los dos últimos años, especialmente, nuestra universidad ha visto cómo la dignidad debe tributar un alto precio para ser ejercida, pero también cómo la seguridad interior, la transparencia, la calidad, el temple, la paciencia, la prudencia y la cultura, son las herramientas más idóneas para enfrentar cualquier obstáculo y visibilizar con más nitidez el trabajo realizado con esfuerzo, así como la innegable presencia de sus frutos. Ustedes forman parte de esta historia reciente de las dificultades y los éxitos.

Proponerse la forja de un espacio de los saberes donde la discusión sea sobre ideas y no sobre caprichos, dislates o intereses personales o grupales y, combinarlo, además, con una gestión donde la decencia pueda exhibirse sin máculas, le otorga una firme legitimidad a toda labor educativa. En eso estamos, por encima de malentendidos o de intentos externos de prevaricación. Hemos cometido y seguiremos cometiendo errores, pero nunca el de dejar que cualquier brejetero pueda desviarnos del camino. Con el pueblo de Yaracuy y con nuestra comunidad, hemos defendido y continuaremos defendiendo con hidalguía esta bella gestión de la cultura y de la creación social.

Hace un momento usé la palabra decencia. ¡Qué falta le hace al país recuperar la decencia perdida! Ustedes, graduandos, que hoy reciben un título que los acredita para ocupar espacios de responsabilidad, deben ser portadores auténticos y responsables de esa virtud. Estoy seguro de que el país necesita, hoy más que nunca, ese aporte silencioso de sus hombres y mujeres. Es un aporte para la convivencia olvidada y para la construcción preterida. No podemos prolongar la guerra federal de los civiles en el siglo XXI y empeñarnos en la tozuda destrucción de los valores y de las instituciones que los encarnan, en nombre de engañosas abstracciones.

Amaneció. Unos versos de San Juan de la Cruz me permiten saludar los “levantes de la aurora” y otros de Fray de Luis León el canto no aprendido de los pájaros. Los cohetes de la primera misa de aguinaldo (especie festiva en vías de extinción) de este diciembre que ha llegado atropellando, me dan pie para cerrar con palabras de buen augurio:

Celebren con alegría este logro alcanzado. Celebren con sus seres queridos, con sus amigos. Yo les deseo lo mejor. Nada más puedo decirles. La universidad de la que ustedes egresan hoy como profesionales, pero a la que siguen perteneciendo como personas, cálidamente los abraza.

San Felipe, 16 de diciembre del 2010

lunes, agosto 16, 2010

Democracia morbosa



Tomo un libro de la biblioteca y busco unas páginas leídas hace mucho tiempo. Son unos párrafos sobre la democracia que he estado recordando estos días y que probablemente mi memoria haya erosionado un tanto. Los leo ahora con igual admiración, pero con menos aprensiones que la primera vez. Recuerdo que en esa oportunidad me querellé con el autor, no por sus reflexiones discutibles y espléndidas, sino por cierto retintín aristocrático que emanaba de sus giros más punzantes. Pero el tiempo pasa y la relectura me permite el deleite pleno al que antes me negué. Hoy puedo apreciar la faena completa sin que me incordien algunas frases deliberadamente encarnizadas contra el “plebeyismo”. Disfruto de las verónicas y de las banderillas a media vuelta, de los engaños, quiebros y pases de muleta, así como de la infalible estocada a toro recibido que pone fin a una página radiante. Sin duda, me gusta la tauromaquia literaria que este autor ejercía con estilo inigualable. Con ella podría dar por satisfecha mi sana exhumación bibliográfica, pero hay algo más. Hay una meditación política y social que me atrae por su intemporal beligerancia. Podría citar in extenso para compartirla con los lectores, pero tal vez sea más apropiado tratar de resumirla. Lo hago.

El autor escribe en 1916 y lamenta el descenso de la cortesía que se padece en Europa. Se siente acosado por la indecencia, las discordias y los linchamientos. Valora y defiende la democracia, pero recusa la generalización brutal y automática de las barbaridades. Considera que tener iguales derechos no comporta haber alcanzado idénticas cualidades personales. Se adelanta en varios años a Enrique Santos Discépolo y escribe su propio Cambalache, porque está convencido de que no es lo mismo “ser derecho que traidor” y que nada mejor para la justicia que discurrir en el desafiante terreno de la diversidad. No pierde de vista la degeneración en que se puede incurrir cuando la democracia no está acompañada de un esfuerzo educativo que vaya más allá de las proclamas de que todos somos “educados”, “licenciados” o “doctores”. Sabe que la cultura no la otorgan los títulos y que las virtudes no se adquieren en las filas del sectarismo político. Percibe la crisis que adviene cuando la gente se percata de que los decretos de “felicidad” son ilusorios. Advierte, además, que el desengaño reforzará a los resentidos que no pueden adquirir ni talento ni sensibilidad ni delicadeza, por fuerza de resolución alguna. Los ve como periodistas, profesores y políticos, sin moral y sin luces, integrando con sus reconcomios funestos el Estado Mayor de la Envidia. La secreción de los enconos pasa a ser, según nuestro autor, lo que en su tiempo llamaban “opinión pública” o lo que algunos estimaban como “democracia”.

Ortega, porque de él se trata, amonestó temprano a los fanáticos de todo pelaje. Sabía que de la intolerancia a los desmanes no había más que un paso y que la falta de discusión malogra los proyectos de cambio. Quince años después del referido artículo fue un entusiasta del proceso republicano, pero también una de las primeras voces críticas cuando la voluntad de no convivir encendió la refriega entre los suyos. Un día llegó a afirmar: “¡No es esto! ¡No es esto!”. Y lo dijo a tiempo. Lastimosamente nadie lo escuchó.

Puedo seguir estando en desacuerdo con Ortega en muchas cosas, pero declaro que cualquier similitud que alguien encuentre en las líneas anteriores con alguna realidad de nuestro entorno, no es pura coincidencia.

viernes, agosto 13, 2010

Fabricio, Río y el azar concurrente

Fabricio Jiménez Morales

Cuando ya parecía imposible Fabricio consiguió los dos tomos de un libro que afanosamente buscaba (un libro de música: Armonía e improvisación, de Almir Chediak). La visita a la dirección precisa que le dieron, donde con seguridad lo encontraría, resultó frustrante: no había ni rastro de la escuela de música que se suponía allí ubicada. Decepcionados, resolvimos caminar por esa misma calle (Nuestra Señora de Copacabana) hasta que diéramos con una discotienda que visité hace tres años y encontrar, al menos, un disco para Israel. No había tiempo para más. Le dije a Fabricio: no te preocupes,."el azar concurrente" se encargará de conseguir el libro en las pocas horas que te quedan en la ciudad. Ya resignado, sugirió que camináramos por la Avenida Atlántica para pasar por el frente del Copacabana Palace y contemplar la fachada del hotel carioca de las Mil y una Noches. A Miguel y a mí nos pareció lo mejor y así, tomamos a la izquierda por la calle Duvivier. No habíamos avanzado mucho cuando nos topamos con una librería (después sabríamos que era la mejor librería de música brasileña de Río, Bossa Nova y compañía), situada, además, en un lugar mítico de la historia musical carioca: Beco das garrafas (también lo sabríamos después). "Hay que entrar, ¡aquí está el libro!", dije entonces, a ciegas. En efecto, allí Fabricio compró los dos tomos, quejándose sólo del precio que estaba un poquito más alto que el que había visto en internet, pero contento por el hallazgo, por la inesperada dicha de encontrar el libro de Chadiak. Por supuesto, no desaproveché la ocasión para atribuirle al azar concurrente de Lezama esa fortuna.

viernes, abril 23, 2010

Memoria de un libro en el día del Libro


Deambulaba largamente por las calles de un Sur que no conocía. Eran tiempos de lecturas febriles y de café por las noches. Mis ojos se asombraban y volvían una y otra vez sobre las líneas alucinantes y en una esquina me esperaba un teólogo cuya presencia sólo era referible en metáforas. No sabía si soñaba, pero las sorpresivas resoluciones de un párrafo me enceguecían. Yo vivía en la calle Motatán de las Colinas de Bello Monte, pero ni la casa ni la calle existían. Nada del entorno tenía cabida en mi otro mundo. Entraba y salía a una casa donde imperaba la soledad y la quietud. Temía, pero me gustaba ese temor antiguo. Con denuedo imaginario intentaba llegar al centro de la casa, llena de puertas y de oscuras galerías. Despertaba justo en el instante en que una nueva frase irrumpía para dejarme atónito. Reiniciaba, entonces, el oficio imperturbable de soñar. Y soñaba. Soñaba con el largo nombre de un filósofo que oía la perseverancia del agua y se preocupaba por el origen de un vocablo desconocido. Yo no sabía si estaba leyendo historias o participando en ellas. Me podían acusar de soberbia o de locura, tal vez de misantropía, no estoy seguro. Pretendí guiarme por una extraña moneda que me dieron en un vuelto, pero no. Se incrementó la irrealidad. Noche tras noche me soñaba dormido. Ebrio y ausente navegué por mares indescifrables durantes varios días, repitiéndome responsos por la vida pasada y oyendo a Brahms. Celebraba así nuevos tiempos, nuevos fulgores.

Hasta entonces había leído algunas maravillas, pero ninguna logró encandilarme como ésta, descubierta en un libro de bolsillo que había comprado en Suma, antes de que Raúl Bethencourt fuese el dueño de esa librería. Yo sabía que el autor del pequeño volumen era clamorosamente celebrado y que mi distracción en otros nombres de la literatura no podía seguir privándome de lo que presentía ya como una inédita delicia. Una frase más entusiasta que laudatoria, dicha por el amigo de un amigo, me inoculó el veneno unos meses antes y una tarde comencé a saldar la deuda. Arribo ahora al centro inefable de mis recuerdos. Podría, a partir del giro anterior, incurrir en el casi ineludible y fácil recurso de la parodia y profanar de nuevo la gracia descubierta. Ya lo he hecho sin darme cuenta del todo, pero no voy a reincidir. Me limitaré a decir que el alcance de mi presunción fue muy pobre porque no tuve en mis manos una obra de enorme calidad, hermosa, sabia y elegante. Después del estupor, tuve eso y algo más: las aguas cristalinas de un sencillo y profundo panteísmo literario. En ellas me ahogo cuantas veces puedo, para entonar adrede y como mías, estas entrañables y desesperadas palabras de amor:

-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.